DÓLAR ANCLADO

Hay kirchneristas pidiendo tipo de cambio múltiple

El tipo de cambio diferenciado es un reclamo central en La Agenda del Desarrollo, capítulo del trabajo Campo, Industria y Desarrollo Nacional que redactó el kirchnerista Aldo Ferrer para el Instituto para el Desarrollo Industrial y Social Argentino.

(N. de la R.: Campo, Industria y Desarrollo Nacional es el título de un trabajo de Aldo Ferrer para el Instituto para el Desarrollo Industrial y Social Argentino, que dirige Miguel Peirano, y que apoyan los industriales metalúrgicos (Adimra), el personal jerárquico (Asimra) y el sindicato de trabajadores (UOM).


Aquí un fragmento del trabajo de Ferrer, dedicado a la política cambiaria, que él insiste en suponer como el eje de cualquier estrategia de desarrollo porque la competitividad debe ser subsidiada. La panacea es el TCED (tipo de cambio de equilibrio desarrollista), que no llega a precisar cuál es respecto del tipo de cambio vigente pero que parece atrasado respecto a la paridad nominal presente. 

Luego, habría que recordarles que la carne no es barata en la Argentina. Hay crisis en la producción pecuaria. Y algo más: el tipo de cambio como herramienta de estabilidad de precios no está funcionando: la inflación ya no es contenida por el tipo de cambio.

Resulta llamativo que en la cuestión del tipo de cambio resulte tan escueta la referencia a la inflación, que presiona tanto el valor real, en especial si Brasil acaba con su Super Real).
 
 
La agenda del desarrollo
 
Es necesario un proceso permanente de reflexión, análisis, participación y propuestas, entre los productores del campo y la industria, que refleje las transformaciones en el
país y en el escenario mundial, en el contexto de situaciones cambiantes. 
 
Una reflexión compartida serviría, también, como un medio común de expresión hacia el resto de la sociedad y el sistema político.
 
La agenda del desarrollo incluye cuestiones como las siguientes.
 
> Tipo de cambio y estructura productiva. Predomina en el debate sobre esta cuestión crucial un enfoque parcial. 
Desde una perspectiva, las retenciones se justifican para evitar que la población pague por los alimentos, que produce y exporta, los precios internacionales y, al mismo tiempo, para redistribuir una renta generada por el aumento de esos precios y no por el aporte de los empresarios. 
 
Desde la perspectiva opuesta, las retenciones son consideradas como la apropiación por el Estado de una renta propia, las cuales, a los niveles actuales, consideran confiscatoria.
 
En resumen, ambos enfoques ponen énfasis en las consecuencias distributivas de las retenciones sin que se preste atención a otra cuestión, aún más importante, que es su efecto sobre la estructura productiva del país. 
 
Los precios relativos en la economía argentina son distintos a los internacionales. En nuestro país, los productos del campo son relativamente más baratos que los industriales por dos razones. 
 
Por un lado, la extraordinaria dotación de recursos naturales del país fortalecida, en los últimos lustros, por la capacidad de buena parte del empresariado rural de aplicar las tecnologías de frontera. 
 
Por la otra, el todavía insuficiente desarrollo industrial del país debido a las turbulencias políticas y económicas que signaron nuestra historia. 
 
Esa asimetría entre los precios relativos internos y los internacionales, implica que, para otorgarle competitividad a la totalidad de la producción nacional de bienes transables, es decir, sujetos a la competencia internacional en el mercado interno y en el mundial, tiene que haber tipos de cambio diferenciales para los diversos tipos de bienes.
 
Esto es la consecuencia inevitable de lo que Marcelo Diamand llamó la “estructura productiva desequilibrada”. 
 
En otros términos, si para que la producción de soja sea rentable es necesaria, digamos, una paridad de $ 2 por dólar, para que lo sea la de textiles, productos químicos, maquinarias, etc., es necesaria una paridad, supongamos, de $ 4. 
 
Si el tipo de cambio se fija en el 1er. nivel (fue la experiencia de la “tablita” a fines de los '70 y de la Convertibilidad en los '90), no hay retenciones pero desaparece buena parte de la producción manufacturera. 
 
Y si se establece en el 2do., genera una renta excesiva en la soja que profundiza los desequilibrios en la estructura productiva y la distribución del ingreso. 
 
Todos los estados modernos administran las señales de precios del mercado internacional, para acomodarlas a las características de sus precios relativos y estructuras productivas internas, con vistas a su pleno desarrollo económico y social. Este, por ejemplo, es el sentido de los subsidios de la Política Agrícola Común de la Unión Europea, sin los cuales, no existiría el agro ni seguridad alimentaria en Europa.
 
En definitiva, de lo que se trata es de resolver quién determina la estructura productiva argentina. 
 
A saber, el mercado mundial o nosotros mismos. Si sucediera lo primero, transfiriendo los precios relativos internacionales al mercado interno sin interferencia (las retenciones) del Estado, el campo sería un apéndice del mercado mundial en vez de un sector fundamental de la economía nacional. 
 
Es, en consecuencia, preciso construir, simultáneamente, un campo eficiente en la frontera tecnológica, con una gran industria avanzada y también en la frontera tecnológica. 
 
Es por lo tanto indispensable que los tipos de cambio diferenciales (por ejemplo, vía retenciones) confieran competitividad a toda la producción de bienes transables. 
Es decir, la estructura productiva la debemos decidir los argentinos para construir una economía desarrollada con pleno empleo y despliegue del potencial productivo de todos sus sectores y regiones.
 
Sobre esta cuestión conviene aclarar dos puntos que forman parte del debate. 
 
Por un lado, el supuesto que un tipo de cambio competitivo significa salarios bajos. Esto no es así porque el poder adquisitivo de los salarios lo determinan los precios de los bienes y servicios de producción interna, los cuales constituyen más del 90% del gasto de los asalariados. Lo que importa para la competitividad es que los salarios reales sean competitivos en dólares y altos en poder adquisitivo interno. 
 
Además, el salario real es fundamentalmente determinado por el nivel de empleo, no por el tipo de cambio. Así se explica que, durante la Convertibilidad, hubiera salarios altos en dólares, desindustrialización, alto desempleo y caída de salario real en términos de poder adquisitivo interno. 
 
Por el otro lado, por razones múltiples, el tipo de cambio relevante para la competitividad es el referido al dólar y no a una canasta de monedas. Las expectativas empresarias y decisiones de inversión se fijan principalmente en torno a la paridad peso-dólar o en el marco del comercio administrado, como el realizado con Brasil.
 
Contar con una estructura integrada agro-industrial es indispensable no solo por razones de empleo y poblamiento, sino además para gestionar el conocimiento. 
 
La ciencia y la tecnología son los motores fundamentales del desarrollo y solo se despliegan plenamente en las economías integradas industriales complejas, las cuales, si a su vez (como en los Estados Unidos, Canadá y Australia) cuentan con grandes recursos naturales, amplían sus posibilidades de crecimiento. 
 
Por eso, también la teoría de la “maldición de los recursos naturales” que se fundamenta en el hecho que los países que sustentan su desarrollo en sus recursos naturales abundantes (petróleo, cobre, tierras fértiles, etc.) nunca llegan a ser naciones integradas avanzadas ni, por lo tanto, superar el subdesarrollo.
 
El consenso que es indispensable alcanzar requiere compromisos recíprocos. Del campo, aceptar que el sector no es un apéndice del mercado mundial sino un sector
fundamental de la economía argentina y que el Estado tiene la obligación y el derecho de administrar las señales del mercado internacional a los fines de promover el pleno
despliegue del potencial productivo, de todo el campo, toda la industria y todas las regiones. 
 
A su vez, del lado de las políticas públicas es precisa toda la flexibilidad necesaria para responder a los cambios permanentes de las variables que determinan la rentabilidad de la producción primaria, su crecimiento y transformación
 
Sobre la base de estos principios podría acordarse que lo que debe discutirse no son las retenciones sino la rentabilidad determinada por precios, costos, impuestos y las múltiples variables que influyen en la ecuación económica y financiera de las empresas del campo. 
 
O, si se prefiere tratar las retenciones, refiriéndolas a sus efectos sobre la rentabilidad y su incidencia en las perspectivas del desarrollo del sector. 
 
Es asimismo imprescindible atender a las situaciones diferentes dentro del complejo sector que, para simplificar, llamamos campo, tanto por tamaño de empresas, producciones, regiones cuanto en la dimensión social involucrada en la agricultura familiar y las condiciones de empleo y retribución de los asalariados rurales.
 
La política cambiaria debe acomodarse a la asimilación de los shocks externos y de otras variables para introducir criterios de equidad, sobre los cuales, fundar la solidaridad y convergencia de los intereses de todo el campo, toda la industria y todas las regiones. 
 
Para tales fines, debe operar con tipos de cambio de equilibrio desarrollistas (TCED). Tal política cambiaria permite: 
 
1) privilegiar el compre nacional en las decisiones de gastos de consumo e inversión de las empresas, las familias y el gobierno; 
 
2) estimular la diversificación de las exportaciones incorporando bienes y servicios de creciente contenido tecnológico y valor agregado y, por lo tanto, impulsando la gestión del conocimiento y la transformación de la estructura productiva;
 
3) lograr que el lugar más rentable y seguro para invertir el ahorro interno sea el propio país; y 
 
4) desalentar los movimientos de capitales especulativos creando incertidumbre en los especuladores y previsibilidad en los tomadores de decisiones de inversión productivas. 
 
El TCED contribuye al crecimiento del comercio exterior y a generar un superávit en la cuenta corriente del balance de pagos, con el consecuente aumento de reservas del Banco Central. 
 
Por lo tanto, fortalece la estabilidad macroeconómica y los mecanismos de defensa frente a las turbulencias internacionales.
 
Este es uno de los dilemas centrales que tiene que resolver actualmente la política económica. 
 
A saber, cómo sostener un TCED en un escenario macroeconómico bajo control que requiere la estabilidad razonable de precios. 
 
Con todas las complejidades adicionales que esto implica atendiendo a los recordados desequilibrios de la estructura productiva del país. Esto impone la necesidad de establecer TCED adecuados, diferenciados, para la competitividad y rentabilidad de las diversas actividades económicas sujetas a la competencia internacional. 
 
Es en este marco de referencia dentro del cual deben resolverse cuestiones polémicas como el tipo de cambio y las retenciones.

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