PERAS, MANZANAS Y OLMOS

Hecatombe de la competitividad en el Alto Valle: Chile nos puede

Los últimos 3 años muestran una caída en picada de la producción frutícola y las ventas al exterior. El 1er trimestre del 2017 la baja fue del 18,5% respecto del mismo periodo del 2016. Los productores dicen que necesitan $2.500 millones para darle aire al sector. El gobierno nacional ofreció $450 millones y créditos. Bodegas y plantas vacías, chacras abandonadas y en remate, es lo que encontró el periodista Claudio Andrade en su visita al Alto Valle de Río Negro. Una cultura atenazada entre la especulación inmobiliaria, la arremetida de la industria petrolera y los competidores internacionales que ofrecen mejores precios. ¿Será su fin? Algunos opinan que es inevitable sino se cambia de rumbo. El presente es un informe para leer y reflexionar.

ALTO VALLE (Río Negro). Delante del monumental complejo frutero hay dos tipos tomando mate. Están sentados en una cabina de vigilancia, nada lujosa. El resto es aire. Espacio abierto. Galpones de bestiales proporciones que no contienen cosa alguna. Solo permanecen en pie. Hace 15 años, uno podía observan cómo los camiones entraban y salían del lugar apurados por dejar su carga. Miles de toneladas de manzanas y peras a buen resguardo del clima. Un clima, por cierto, como el del Alto Valle de Río Negro y Neuquén, que durante 6 ó 7 meses no presenta demasiados cambios. Quienes viven allí, a veces, tienen la sensación de levantarse en el mismo día, cada día, como en el film protagonizado por Bill Murray, “Hechizo del tiempo”. Esa es justamente la idea. Que ningún objeto por pequeño e inocuo que sea -lluvia, granizo, polvo- nuble el desarrollo de estas frutas que deben llegar a la boca de un holandés, un brasilero, un ruso. Sin mancha. El Alto Valle es un invernadero donde las paredes son el clima perfectamente conjugado.

“Hace como dos años que no pasa nada aquí”, dice uno de los vigilantes. El otro mueve apenas un poquito la cabeza, como ratificando lo que “datea” su compañero. “Hasta el cartel sacaron”, les digo. “Sip”, responde. Porque había un enorme cartel que anunciaba San Formerio, el nombre de la empresa que hoy está por cerrar. Lo pintaron de blanco. 320 personas podrían perder su empleo.

Esta productora llegó a tener alrededor de 2.000 hectáreas a su cargo. Unas 1.000 propias. Con estos números se ubica entre las mayores de la Patagonia. Desde que la industria de la fruta comenzó su crisis más profunda hace 10 años las cosas han cambiado notoriamente en la región. El cartel es una metáfora, un micro ejemplo.

San Formerio, en todo caso, no se la vio venir, me cuentan sus dueños. Dos años atrás, su principal comprador, Expofrut, del grupo Univeg (absorbía entre un 40% y un 50% de su producción, se rumorea), les había solicitado más cantidad de fruta. De modo que en medio del bajón, San Formerio tenía los argumentos para ser optimista. En octubre del 2016 la multinacional decidió salirse del mercado en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén. “Esto no se trata de si tenemos o no la fruta o si les gusta, es una cuestión de precios, si consiguen mejores precios en cualquier otro punto del mundo, van y compran”, me explica Fernando Muñoz, uno de los dueños.

Minutos antes de la charla, el hombre había estado negociando la salida de algunos de sus más antiguos operarios. Gente que lleva de 25 a 33 años en su empresa. Pero no tiene efectivo. Y sin dinero en la cartera es difícil llegar a buen puerto.

Hablando de puertos

La exportaciones de fruta en general cayeron en 2017 un 18,5% respecto del mismo periodo del año pasado. En números más claros, en los 1ros meses de 2016 se comercializaron al exterior 172.678 toneladas contra 140.668 del actual.

En 2015, unos 400 millones de peras y manzanas se pudrieron en los árboles porque salía más caro cosecharlas que el valor que los chacareros cobrarían por su venta.

La crisis brasileña, sumada a la aparición de carpocapsa, entre los embarques enviados a ese país en marzo del 2015, fueron un golpe seco y rotundo al mentón de un sector herido. Brasil, un comprador de excepción, comenzó a suspender las transacciones generando pérdidas por $1.500 millones o más.

Al fin de cuentas, todo es cuestión de números. Uno piensa en las culturas, en las manos curtidas, en los aromas impregnados en la ropa y el pelo por todo aquello que hacemos o hacíamos. Por ejemplo, el aroma de las manzanas convertidos en un pastel.

Los árboles frutales que con la primavera comienzan a estallar. Entonces la gente. Sus juegos, sus vidas y con los años sus recuerdos. Todo podría ser borrado por la mano de una nueva época.

Pero hablemos de números: la caja de manzanas se vende en el mercado internacional mayorista a US$14 los 18 kilos. Unos $20 el kilo. Los grandes productores y comercializadores en el Alto Valle deberían venderla a US$18 para no perder dinero, tal y como están las cosas en el país, tal y como no (no) vienen haciendo desde hace unos 7 años o más.

Originalmente la idea era buena. Aunque los colonos entendieron rápido lo que podría dar este suelo (hablamos de fines del siglo 19 y principios del 20), con solo modificar el curso de los ríos mediante la construcción de canales, fue a partir de la década del 30 del siglo pasado que la distribución de la propiedad en lotes productivos se volvió intensiva.

Cada familia tendría su “huerta” de unas 10 a 15 hectáreas de fruta. Viviría idílicamente en su espacio rural y concluida la temporada entregaría el resultado de su esfuerzo al mayorista o aglutinador. Genial. El trabajo y la vivienda estarían asegurados por siempre jamás.

Los creadores del proyecto no imaginaron que el mercado internacional tenía planes más complejos en otras esquinas del planeta. Este círculo productivo-comercial subsiste hasta hoy y, en cierta manera, es el germen de su propia decadencia.

Una hectárea puede entregar 20 mil kilos de fruta de calidad “comprable”, a un precio promedio de $2 a $3. Hay muchos casos de fruta vendida a $1,5 y unos pocos a $3,5. La versión para jugo se vende a menos de $1. Pero articulemos un cálculo en torno a los $2. En 20.000 kilos son $40 mil. En 10 hectáreas tendremos $400 mil por temporada. Mantener una chacra de estas proporciones necesita de la familia -que no cobrará- y de un empleado a horario parcial. Un sueldo de $15 mil equivale a $180 mil anuales, sin contar cargas sociales. Quedan por computar los químicos, el riego y un gran etcétera.

Automatización por mano de obra

Como se verá, el negocio no rinde y, en estos términos, alguien tendrá que salir a buscar un empleo extra.

Los chacareros quisieran negociar precios de $3,5 a $4 que les dejen ingresos de entre $700 mil y $800 mil.

Pero del otro lado del Atlántico ya no compiten con personas. ¿Por qué dije “del otro lado del Atlántico”? Quise decir de la Cordillera. En Chile, el costo “humano” ha sido reducido a su mínima expresión. Las modernas maquinarias, cultivos súper intensivos, los contratos flexibles (por mes, semana, día), comprimen las erogaciones sociales y maximizan los rendimientos. Los mismo en Nueva Zelanda, Sudáfrica, Australia.

Son demasiados los elementos que juegan en el valor final de la manzana o la pera puestas en Europa o Estados Unidos. Cómo se resuelve es la cuestión de fondo. Pero cuando los chacareros asisten a las reuniones con funcionarios en Ciudad de Buenos Aires para explicar el oficio de la fruta, el asunto se vuelve una tarea imposible. Porque no es el típico runrún de la cadena de montaje diseñada por Henry Ford. Es un sistema distinto. Un ciclo de ciclos. Un círculo en el que intervienen personas y naturaleza en distintas dosis. En ocasiones sale bien en otras no. El gran tema hoy, es que ni siquiera es barato hacerlo.

Se dice en el Valle: 4 años malos, 2 buenos. Con eso andamos. Pero van 7 malos. Y antes, otros 13 años mediocres. Digamos, 7 a valores que no cubren los costos.

Los chacareros dan vuelta el dinero. Ponen y reciben lo mismo o menos y la inflación se los come vivos.

Los productores en volumen pueden regatear, buscar otros mercados y tampoco así obtienen lo que buscan.

Además, los mercados son muy dinámicos. No sólo hablamos de calidad, hablamos de valor competitivo. De velocidad en las transacciones.

“Nuestra manzana todavía es un excelente producto”, me dijo hace un tiempo Marcelo Loyarte, gerente general de la Cámara Argentina de Fruticultores Integrados (CAFI) con sede en General Roca. “Somos un país con un excelente producto”, insistió.

Allá afuera se miden estos y otros parámetros. Chile y Nueva Zelanda están colocando la manzana a US$14 que es hoy el precio de referencia en el universo frutero. Sus producciones han crecido de un modo abismal en los últimos 10 años.

En algunos casos, los chilenos lograron que una hectárea rinda 80 mil kilos de manzana. Un récord. Un desquicio. En el Valle, la hectárea puede lograr entre 20 y 40 mil kilos.

El productor chileno comercia directamente con las cadenas de supermercados sin tener que llenar formularios ni ser víctima de inspecciones que retrasen la negociación.

Entonces, mientras en un súper trasandino podemos encontrar el kilo de manzana al equivalente de AR$21, AR$22, AR$23 (o menos, hay ofertas de 3 kilos por $25), aquí la manzana nacional llegó a venderse a $40 el kilo.

Un destacado trader de frutas italo-chileno afirma que las manzanas argentinas son muy apreciadas en India. Son un lujo para la clase media alta y alta.

En este país, las venden en cajas muy coquetas a $35 el kilo aproximadamente. La mejor manzana posible, lo más lejos que uno se pueda imaginar. Aquel que ha visto manzanas deprimidas en los supermercados a $37 y monedas, pues, se mosquea. ¿No? Fue este trader el autor de un informe acerca del Alto Valle hace unos 4 años. En él, describía las falencias de la industria y emitía una crítica equilibrada y sin anestesia. Básicamente decía que había que actualizar los procesos productivos, bajar impuestos, bajar costos laborales, ampliar variedades, diversificar, modernizar.

No es que el mundo no quiera manzanas argentinas. Es que son caras. Es que no llegan lo suficientemente rápido a los supermercados del primer mundo, donde las desean. La quiero, la tengo. Así funciona el mercado global. Por eso lo de “global”, en realidad, es global sólo para algunos.

Caminar por la avenida Rochdale hacia la Lorenzo Vinter de General Roca, localidad que es el eje de la producción de fruta en Patagonia, es pasear entre fantasmas.

En este sector se concentraban los galpones, los frigoríficos, las empresas empacadoras.

Hoy, junto a la vereda se observan los galpones cerrados con candado. Como si tampoco hubieran expectativas de volver a abrir algún día.

Sobre la Vinter estaba, o está, una de las más importantes instalaciones de San Formerio. La que mantiene a dos empleados mirándose las caras.

Dicen en Roca que de las famosas 50 mil hectáreas productivas, “reales, reales” queda el 50%. Las razones se alinean detrás de las estadísticas.

Durante muchos años, la región exportó 460.000 toneladas de peras y 280.000 de manzanas.

Sin embargo, en 2016, los números fueron 306.943 de pera y 87.708 de manzanas.

En 2015, 331.511 de peras y 104.719 de manzanas.

En 2014 de 410.457 de peras y 145.034 de manzanas.

Esto da una idea de cómo involucionaron las cosas.



Luchar por la causa

La senadora Magdalena Odarda (CC-ARI) recuerda que persiguió al ministro del Interior, Rogelio Frigerio, con el fin de que le conceda una audiencia a los dueños de San Formerio. Estas persecuciones entre diputados, senadores y referentes del sector, para con los funcionarios de la ex presidenta Cristina Kirchner y del actual mandatario, Mauricio Macri, han sido la regla de las últimas dos décadas.

Una historia del Coyote y el Correcaminos donde uno sigue al otro sin jamás alcanzarlo.

Las esperas afuera de las oficinas ministeriales son una parte del quehacer chacarero. “Me da mucha pena que se pierda esta cultura. La historia de la gente, hay que luchar por esto”, me dice Odarda en el Café 43, un clásico de Roca.

Las cifras que manejan unos -los chacareros- y otros -los funcionarios- son dispares y hasta ridículas en sus diferencias.

Los productores estiman que la actividad necesita de $2.000 millones a 2.500 millones para ponerse en pie.

La última ayuda ofrecida por el gobierno de Macri fue de $ 450 millones, buena parte en créditos.

Los dueños de las chacras no quieren endeudarse por un peso más. Las listas de deudores históricos con el Banco Nación suman cientos. Hay numerosos casos de propietarios que mantenían deudas con empresas como Expofrut y que terminaron siendo rematados.

“Hay que pensar de nuevo la actividad. Nosotros sabemos cómo es, hemos ido de visita a Chile y yo quedé muy impresionado cómo progresaron en este tiempo. Tenemos que buscar nuevas alternativas”, explica Edgardo Kristensen, un emblemático productor de Cipolletti.

“La manzana es un postre y vive como un postre”, dice un amigo, artista y familia de productores, Fernando Genoud. ¿Cómo describir uno de los rincones del paraíso? Ah, sí. Visiten la casa de Fernando. Los árboles. La chimenea. El agua brotando del suelo para el riego. El aroma a asado. Su atelier cubierto de hermosos e impactantes cuadros. ¿Cómo irse de allí?

Uno de los último remates fue la chacra de la empresa Lustor S.A.. fundada en 1913 por Luis Tortarolo. La chacra de 39 hectáreas se remató en $5 millones. La compró el propio acreedor, según explican fuentes de la industria, Expofrut.

El propósito, sin embargo, no sería la producción sino el negocio inmobiliario.

A medida que la industria decae crece la especulación de los espacios que ocupa. Hay un importante número de chacras que con el paso de los años fueron quedando cerca de los centros de Cipolletti y General Roca. Hoy son un bien codiciado.

La clase media alta de la zona busca espacios idílicos, verdes y a 5 minutos de sus trabajos. En los barrios privados, los lotes cotizan entre $1,5 y 2 millones.

El valor de las chacras ya no pesa por su producción sino por el suelo que ocupan.

La cultura chacarera es un cuerpo atrapado entre dos paredes que la empujan: la avidez inmobiliaria y el desarrollo del petróleo y el gas.

Vender a una inmobiliaria o alquilar a una empresa son otras dos alternativas muy alejadas de la fruta.

Bajo el suelo del Alto Valle se han descubierto importantes yacimientos de gas. Las compañías pagan entre $35.000 a $100.000 (todo depende del potencial) por el alquiler anual de una hectárea en terrenos frutales.

Las petroleras tienen efectivo, tiempo y ganas.

Como siempre, es una cuestión de cifras.

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