SUR PROFUNDO

Río Turbio-Puerto Natales, los sueños y la espera eterna sin frontera

Nacido en Puerto Natales, Chile, y residente en Bariloche, el periodista Claudio Andrade cuenta el significado histórico de la mina de Río Turbio para los trabajadores patagónicos más australes, de uno y otro lado de la frontera. Muchas promesas y proyectos quedaron truncos, se pensó una usina eléctrica que no pasó de la maqueta y el eje económico de la región se repartió hacia otros rubros, como el turismo internacional y las pesquerías, pero los cascos sobrevivieron a la espera aunque detrás nada haya quedado.

Hubo un tiempo en que los mineros chilenos, que trabajaban en Río Turbio, “bajaban” -así se decía- los fines de semana a Puerto Natales (localidad de Chile ubicada a 30 kilómetros) cargados de billetes. Entre 1970 y 1985, la época de mayor producción del yacimiento, un especialista podía ganar entre US$ 1.500 y US$ 2.500 actuales. Una fortuna para los estándares de ingresos del por entonces pequeño y gris pueblo trasandino. De aquel lado de la frontera, el desempleo y la pobreza eran moneda de todos los días y el Gobierno militar de Augusto Pinochet consideraba al sur extremo como un punto en los mapas sólo apto para militares y figuras mitológicas.

El único polo laboral de los hombres chilenos estaba irónicamente en la Argentina. La mina producía a un ritmo de entre 1 millón y 1,2 millón de toneladas anuales. Nada indicaba que el progreso tendría un límite. Que el futuro no era brillante sino oscuro. O peor, incoloro, despojado de sabor y sentido.

Los mineros regresaban a sus hogares los viernes por la noche para dejar unos pesos en sus humildes hogares y gastarse el resto en los prostíbulos de la localidad. Puerto Natales llegó a tener, proporcionalmente hablando, más prostíbulos que Santiago, la capital del país.

A pesar de los suculentos ingresos que vivieron Río Turbio, sus habitantes, sus funcionarios, sus comerciantes y sus empresarios, el lugar no recibió una pátina de obra pública en todo ese tiempo. Quien lo conoció en, por ejemplo, 1986 hoy lo reconocerá perfectamente. 31 años después sigue igual.

En verdad, más desgastado en su estructura. En el centro había una suerte de plazoleta para que los niños jueguen y hoy es un estacionamiento improvisado y caótico. La oficina de Turismo fue sacada del espacio estratégico que ocupó por décadas. Las calles, muchas, siguen sin asfaltar. El espacio público adolece de una significativa falta de “Estado”. El hospital es nuevo, debo concederlo.

Del todo a la nada

La puesta en marcha del proyecto de la usina de Río Turbio, por parte del gobierno kirchnerista en 2007, pareció reactivar los apagados deseos de grandeza de una villa que no hacía otra cosa que languidecer. 10 años después y cerca de US$ 2.000 millones menos, el emprendimiento se levanta a las afueras de Río Turbio como una espectacular obra plástica digna de los artistas Christo y Jeanne-Claude. La obra es un enorme rectángulo puesto en vertical de color azul y cuerpo metálico que parece a punto de despegar hacia la Luna. Pero nada funciona allí. No hay ningún cohete. Ningún motor.

Los más de 2.000 empleados que fueron contratados para culminar una obra a la que, se especula, todavía le falta entre el 50% y 60% para quedar concluida, fueron despedidos. Los últimos 150, que cumplían tareas de vigilancia y administrativas, se retiraron a principios de 2017. El gobierno de Mauricio Macri inició una auditoría interna y salieron a relucir números extraños. La cuestión del empleo perdido todavía no forma parte de la agenda.

Y todo sucedió de repente. Como en un sueño. O una pesadilla. Una vez más Río Turbio nadó en dinero por un buen rato, pero en definitiva no quedó nada. El desierto se llevó las expectativas de los que se imaginaban construir algo en el fin del mundo. Las indemnizaciones apenas si dejaron su huella. Una patética forma de resignación: en la que fuera una plaza y ahora es un estacionamiento, se acumulan los 0 kilómetros, son la consecuencia más visible de los dineros frescos pero últimos que recibieron los empleados de la Usina antes de terminar despedidos.

¿Qué hace uno con el dinero?, se pregunta un remisero con el que converso. La respuesta es de manual: uno pone un comercio o pone un remis, pero si no hay plata, nadie toma remises ni nadie compra en los comercios, concluye.

El círculo vicioso se comprime sobre la población.

Los únicos que sobreviven a base de sueldos constantes son los mineros. Los sostiene el Estado porque sin ellos no habría RíoTurbio hace rato. De los 20.000 habitantes que alguna vez lo poblaron hoy quedan unos 10.000.

La mina cada vez produce menos y no más. Según el último registro, en 2015 generó 100.000 toneladas de carbón. 1 millón menos que en sus días de gloria. Los mineros me dicen que son optimistas ante la realidad que marca en líneas gruesas su propio destino. El ocaso indiscutible. Cada día recorren los apretados túneles, fijan las estructuras, repasan la seguridad. Se preparan para el día en que alguien envíe un telegrama, o levante la palanca o diga algo como: ¡vamos! Es lo que hay. Caminar por sendas oscuras y vacías. Están sus salarios (entre $30.000 y $60.000 en su gran mayoría) y está el proyecto vidrioso de una reactivación que se demora. ¿O no ven ustedes el edificio fuera de Turbio? Es un “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, pero en lugar de dos personajes llenos de esperanza, son un puñado de 500 mineros que, reunidos junto al mate, hacen cuentas acerca del porvenir esquivo.

El mayor porcentaje de los 2.000 ex empleados de la empresa española Isolux Corsan se volvieron por el mismo y largo camino que emprendieron hace 10 años. Había muchos de Corrientes, Jujuy, Chaco, territorios donde abunda el calor. Otra paradoja puesto que Río Turbio es de las localidades más frías de la Argentina. Alguna vez se registraron inviernos con -20 grados.

En los enormes pabellones mineros hoy viven una mezcla heterogénea de trabajadores. En otras épocas permanecían allí exclusivamente los mineros con historial de años en la empresa. De cuando era YCF y no YCRT. En la actualidad, uno encontrará en los pasillos mal iluminados, que comunican a cientos de pequeños departamentos, construidos originalmente sin baños, a jóvenes, jubilados y hombres maduros. Cada cual de un modo u otro ligado a la mina.

El principal prostíbulo de Río Turbio, Scorpios, cerró hace unos años, siguiendo la ley nacional en contra de la trata de personas y de los espacios donde se ejercía la prostitución. Siguiendo también otra ley, todavía más inexorable: la del mercado. Sin dinero, no hay baile.

Este “quilombo”, tal como lo nombran acá, tenía a una banda de animadores compuesta por travestis y transformistas que elevaron la temperatura de las noches bajo 0 de Río Turbio durante ¿30, 40 años? Sus mayores atracciones se retiraron también a cuarteles de invierno. La plata manda y con la mina convertida en fantasma de sí misma y la Usina congelada, nadie tiene un peso de sobra para estos pasatiempos. Siempre onerosos, por cierto.

Me cuenta un amigo que los siete muchachos -los más jóvenes- que se disfrazaban de Rocío Durcal y Paloma San Basilio, entre muchas otras cantantes de los 80, se “mudaron” a una panadería donde ejercen otro oficio alejados de las luces y las candilejas.

Del otro lado de la frontera ocurren cosas distintas. Hay 30 kilómetros de distancia pero parece un viaje a través del espacio a la velocidad de la luz. Puerto Natales se convirtió en los últimos 10 años en la capital del turismo en Chile gracias al Parque Nacional Torres del Paine ubicado a 140 kilómetros. A esto se sumó una fuerte inversión en obra pública -este año Magallanes espera unos US$ 100 millones destinados a caminos y puentes- y la polémica llegada de las salmoneras. Debería escribirlas con mayúsculas porque son Salmoneras. Se trata de una de las empresas de mayor crecimiento y expansión en Chile. También de una de las más contaminante. Ya dejaron secuelas profundas en el mar de Chiloé.

Entre 2011 y 2016 la facturación por exportaciones de las salmoneras pasaron de los US$ 1.600 a los US$ 3.500 millones, y contando. En Magallanes -donde se encuentran Puerto Natales y Punta Arenas, una región con bandera e himno propios- hay más de 200 licencias para el cultivo de salmones. Casi la mitad está en pleno funcionamiento. Unas 4.000 personas viven de la actividad. Sus salarios oscilan entre los US$ 1.500 y los US$ 3.500. El trabajo tiene ventajas que hacen más sustancial estos ingresos. Las empresas del sector se ocupan de la comida, la movilidad y de la vivienda de sus trabajadores.

Un abogado de Río Turbio me dice que si por él fuera viviría en Puerto Natales. “Con lo que gano andaría super bien allá. Me gustaría trabajar en Turbio y tener mi casa en Natales. Pero el horario de la frontera no me da. La cierran temprano y la abren tarde entonces no llego a cruzar”, me explica.

Los rioturbienses pasan sus días feriados en Puerto Natales, en Paine, en Punta Arenas, en donde hay Zona Franca y compran a precios competitivos televisores o lo que sea que se les ocurra en el momento.

La frase se repite. Che, cómo invierten en obra pública acá.

El purgatorio de Chile

Entonces yo les cuento la historia de siempre. En los '70, en pleno gobierno militar, Puerto Natales era considerado el purgatorio de Chile. Cuando los militares querían castigar a alguien pero no matarlo ni dejarlo en prisión, lo sometían al aislamiento nacional. Al desarraigo. Entonces lo mandaban a mi pueblo, les narro. Y el tipo sufría porque, Dios, qué experiencia vivir dos meses en este infierno de hielo y soledad. Excomulgado de la vida política y social.

A mediados de los '90 los europeos, sobre todo ellos, descubrieron en masa Torres del Paine y Puerto Natales comenzó a llenarse de “gringos” que no tenían dónde dormir. Los caminos eran malos, los comercios pocos. Solo había prostíbulos pero los holandeses, los alemanes, los franceses buscaban otra cosa: montañas, aguas limpias, cafecitos, comida típica. De prostitución estaban hartos.

El gobierno de Sebastián Piñera, primero y el de Michelle Bachelet después, dispusieron grandes partidas de dinero para el dúo Puerto Natales-Torres del Paine. Si alguien visitó Puerto Natales en 1985 no encontrará nada de aquel lugar. Todas las calles, prácticamente sin excepción, fueron levantadas. Los barrios hechos de nuevo. La costanera. El hospital. El municipio. Ya no existe el viejo Natales. Y suena raro decirlo y pensarlo porque poca gente vive allí. La población se comprime cada año en lugar de crecer.

La generación de adolescentes de los '80, los Natalinos, los “Tirapiedras”, continúa rindiendo homenaje a la cultura argentina. Sin importar que Río Turbio no sea el mejor ejemplo de todo aquello. “Turbio era nuestra Meca cultural, tenían una librería, una disquería, había baile, un cine, conocimos a Luca, a Soda, a Borges, a todos allí”, me resume Salvador Miranda, referente del Partido Comunista en la región y uno de los principales activistas verdes de la Patagonia.

Cada año Miranda, junto a otros miembros del partido, recuerdan a los mártires del 23/01/1919. Ese día carabineros y trabajadores, que reclamaban mejores condiciones laborales -entre ellas tener horario de 8 horas-, se enfrentaron con ferocidad. Murieron 4 obreros y 6 policías.

Una tragedia me lleva a la otra. El 14/06/2004, 14 mineros quedaron fatalmente atrapados en las minas de Río Turbio.

La leyenda dice que Néstor Kirchner decidió emprender la usina eléctrica como una manera de compensar el dolor causado por el accidente en la comunidad. La obra nunca concluyó.

En el sur todavía esperan.

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