PROBLEMAS DE LA ADMINISTRACIÓN MACRI

La inflación y el costo político del triunfalismo y comunicar mal

Hasta la fecha, la política económico hizo poco o nada para frenar la inflación ya que el ajuste monetario no fue el que requiere la inacción en lo fiscal (dejar de pagar no equivale a cortar gastos). Y paga un elevadísimo costo político por subestimar la herencia, y vuelve a pagarlo por omitir una explicación de los motivos de los ajustes imprescindibles, y vuelve a pagarlo por no fundamentar correctamente ajustes como los de las tarifas eléctricas. Aquí algunas consideraciones del estudio Massot & Monteverde:

por AGUSTÍN MONTEVERDE

CIUDAD DE BUENOS AIRES (InC). La inflación domina la discusión pública y preocupa a la gente como no pasaba desde hace más de dos décadas.

Ocurre porque, desde el comienzo, el macrismo no entendió —y por consiguiente mucho menos estuvo en condiciones explicarle a la sociedad— que el reacomodamiento de los precios relativos dramáticamente distorsionados, que iba a heredar, implicaría blanquear una fenomenal inflación reprimida.

Era indispensable que con anticipación se denunciase —al menos durante el corto interregno entre la segunda vuelta y la asunción presidencial— la gravedad de la situación a heredar como el que también la sociedad estuviera en conocimiento de que la tasa de inflación subiría inevitablemente, pero de modo transitorio.

También podría haberse aprovechado aquel momento para explicar que el trauma duraría menos cuanto más rápido se efectuaran las correcciones, en lugar de haberse minimizado con la promesa de un gradualismo presentado como inocuo.

• El triunfalismo llevó a los ganadores de noviembre a quedar convencidos que el cambio de expectativas, un nuevo anclaje cambiario y el retorno a la disciplina monetaria serían suficientes para domar la inflación.

Ese mismo triunfalismo condujo al error de pronosticar un insensato 25% de inflación para 2016, cuando ningún modelo medianamente realista podía proyectar un número tan siquiera cercano.

La consecuencia más grave de este error profesional fue política: las promesas incumplidas de una terapia indolora y de una inflación contenida provocan que una parte de la sociedad le cargue ahora a este gobierno el “descontrol”.

La realidad, en cambio, es que la aceleración inflacionaria sólo refleja la purga de la inflación reprimida por el kirchnerismo y nunca contabilizada por la nueva administración —pese a las recomendaciones que le formuláramos varios economistas— como parte de la herencia que se recibiría.

Para estimar el impacto final de cualquier política de sinceramiento sobre el IPC se requiere una ecuación dinámica de precios que contemple el papel del tipo de cambio, las tarifas, los salarios y la emisión monetaria.

De lo contrario, no se tienen en cuenta los efectos de segunda vuelta originados por las modificaciones en el tipo de cambio, las tarifas y los salarios.

Los efectos de segunda vuelta dan lugar a aumentos de segunda vuelta en el tipo de cambio, las tarifas, e incluso en los salarios.

Ya el año pasado, Fernando Navajas había calculado que —sin contar el efecto de la devaluación (los costos de la energía son dolarizados mientras que los compradores pagan en pesos) ni de la suba salarial— la eliminación total de los subsidios al gas y a la electricidad iba a adicionar a la inflación de 2016 un shock del orden de 11%.

La política monetaria no ha fallado; pero no puede hacer milagros.

Se está llevando a cabo con determinación, lo que conducirá —de no mediar incidentes— a la baja de la inflación de mediano plazo.

Pero la lentitud de la política fiscal en reducir el gasto estructural y los reacomodamientos de precios relativos calientan, inevitablemente, la inflación en lo inmediato.

El triunfalismo y la sobreestimación del papel de las expectativas llevaron a ignorar o desatender otros factores que podrían haberse contrapuesto al shock de precios relativos, como la eliminación de regímenes especiales de protección (caso de los combustibles), los recortes de impuestos, la rebaja de aranceles y la apertura de la economía.

Al caer todo el peso del combate antiinflacionario en la restricción monetaria, sin señales fiscales ni desregulatorias, el costo en términos de actividad se extrema.

La evolución registrada por la recaudación de aquellos impuestos directamente vinculados al movimiento económico está confirmando el daño: lo colectado por el IVA DGI en marzo significó una contracción, en términos reales, de nueve puntos porcentuales respecto a lo ingresado un año antes. 

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