CONFESIONES DEL HIJO DE FIRMENICH

A La Cámpora y al Evita: "No puedo tener vergüenza de llamarme Mario Firmenich"

Enorme la tentación de titular el siguiente texto con una frase de Mario Javier Firmenich, hijo de Mario Eduardo Firmenich: “El Movimiento Evita depende de las dádivas del Estado y su política está en función de lo que necesitaba el gobierno de Cristina Kirchner. Y ella es así, látigo y billetera”. Pero mejor no salirse del tema específico. Las periodistas Carolina Arenes y Astrid Pikielny se propusieron, en 2010, reunir testimonios de los hijos de los protagonistas del mal llamado 'Proceso de Reorganización Nacional': tanto de los apropiados como los apropiadores. Fue una tarea tan ardua como compleja, y emocionalmente intensa. El resultado fue su libro "Hijos de los '70: Historias de la generación que heredó la tragedia Argentina" (Sudamericana, 2016). Interesante un concepto de Carolina deslizó durante una entrevista que le concedió a Juan Brodersen, del diario Clarín: "La teoría de los dos demonios fue el marco conceptual con que la democracia trató de saldar cuentas al principio con el pasado reciente. Tuvo enormes limitaciones, la principal, establecer una homologación de responsabilidades entre los crímenes cometidos desde las organizaciones armadas y los crímenes cometidos desde el Estado. En ese punto el libro es claro en su posición de que no pueden homologarse responsabilidades. La otra enorme limitación de esa teoría era trabajar sobre el supuesto de que lo que había pasado había involucrado a "dos bandos", esos "dos demonios" y que el resto de la sociedad había sido un espectador inocente de un enfrentamiento ajeno. Un planteo que invisibiliza todavía hasta hoy la responsabilidad de otros actores, los civiles que fueron aliados o cómplices de las fuerzas armadas, y la sociedad en general que aceptó esos métodos, el famoso "algo habrán hecho". (...)". En este caso, Mario Javier Firmenich, hijo de Mario Eduardo Firmenich: “Defiendo a mi padre, y su historia, porque siento de ese modo que defiendo mi propia historia”.

"Nosotras planteamos desde el prólogo nuestro desacuerdo con esa teoría y explicitamos que la propuesta de reunir distintas voces de hijos no buscaba prolongar un debate sobre el pasado sino hablar de las marcas presentes de ese pasado en la vida de los hijos."
Carolina Arenes

"Hay mucho para aprender revisando nuestra historia reciente. Todos tenemos el desafío de ver qué hacemos con las marcas que nos dejaron nuestros padres. A este "conflicto generacional clásico", se suma en este caso que lo que pasó en los 70 fue la peor tragedia del siglo XX en la Argentina."
Astrid Pikielny

Si hay algo que le duele es que su padre, Mario Eduardo Firmenich, no tenga lugar en la política Argentina. Eso le pesa, la condena social sobre su padre. Y que sea hereditaria. Que a él, Mario Javier Firmenich –Mario como su padre; Javier, como el nombre de guerra de su padre- lo quieran obligar a hacer política sin nombre ni apellido. A militar con capucha, dice él.

Las elecciones de 2015 que dieron por ganado al actual presidente, Mauricio Macri, lo encontraron haciendo política en los barrios, trabajo de base por las calles de los alrededores de Salsipuedes, en Córdoba, donde vive, y compartiendo con su mujer y sus hijos la última batalla, cuando el peronismo entero percibió el olor de la derrota e intentó eludirla a fuerza de una última gesta militante. Le duele que todo el esfuerzo del proyecto popular haya ido a morir a los brazos de la derecha. Eso dice. Aunque él ya había empezado a marcar diferencias dentro del Kirchnerismo un poco antes, pese a que le reconoce haber sido el primer gobierno que reivindicó de manera abierta la lucha política de los años '70. Aun así, no alcanzaba. Lo obligaron a “militar con capucha”.

Se fue de La Cámpora en 2013 por eso. Y a fines del año siguiente dejó también el Movimiento Evita. Antes de irse les dijo a los compañeros camporistas: “Muchachos, yo no puedo hacer política sin nombre y sin apellido porque, en términos personales, tener mi nombre y mi apellido fue una victoria en mi vida. Yo recuperé mi identidad de nombre y apellido y mi identidad política en términos históricos. La voy a defender a rajatabla. No puedo avergonzarme, no puedo hacer política de manera vergonzante porque me llamo Mario Firmenich. Si no lo quieren aceptar, no hago política en ese marco, lo haré en donde acepten que me llamo Mario Javier Firmenich y que defiendo a mi padre y su historia, porque siento de ese modo que defiendo mi propia historia”.

En la parte inferior de la mejilla izquierda, cerca de la boca, Mario tiene una pequeña cicatriz. Un puntito apenas visible que antes fue lunar, idéntico al que tiene su padre en la mejilla derecha, sólo que a él se lo rasuraron con una hoja de afeitar cuando era muy chiquito, un año y medio, para que nadie pudiera identificarlo, para que no se supiera, solo con verlo, que era inequívocamente el hijo del jefe montonero. Porque él fue Mario Javier Firmenich recién a los 5 años. Hasta entonces había sido para todos “el Bichi”, uno más entre los cientos de niños huérfanos del Hogar Padre Lucchese, en Villa Allende.

Nos muestra el puntito de cicatriz y se ríe mientras tomamos mate en la cocina de su casa cordobesa Salsipuedes. Aquí vive desde 2009 junto con su esposa Berta y sus tres hijos, y aquí propuso que nos encontráramos para hacer la entrevista. Su mujer es catalana, se conocieron cuando él todavía vivía con sus padres en España, vecinos en el pueblo de Vilanova, y coincidieron en una marcha contra la guerra de Irak por las calles de Barcelona, él disfrazado de hombre bomba. Se ríe de solo contarlo. Se casaron allá y allá nacieron sus tres hijos, a los que les pusieron un primer nombre catalán y otro aymara. Cuando la crisis europea se puso difícil, se dijeron que en un pueblito del interior de la Argentina –calles de tierra, chicos en la vereda, escuela pública- habría más modos de “escaparle a la lógica del capitalismo”. Él no lo menciona, pero aquí además seguramente también encontrarían red de contención. Berta consiguió trabajo en Aerolíneas Argentinas y él, licenciado en Economía por la Universidad de Barcelona, es ayudante de catedra en Historia Económica Argentina, en la Universidad Nacional de Córdoba, donde en noviembre de 2015 fue elegido delegado del gremio docente, y hace trabajos rentados como asesor de diferentes organismos oficiales, como el Banco Hipotecario, y hasta fines de 2014, cuando se desvinculó, también para el Movimiento Evita donde afianzaba su militancia.

Nos pidió tres cosas cuando acepto participar del libro: que la entrevista se hiciera en su casa Salsipuedes, que lleváramos leído un documento político que escribió a pedido del Movimiento Evita, y que fuéramos con él a conocer el Hogar Padre Lucchese. Una tríada para nada caprichosa. En torno a esos tres puntos se podría anudar su biografía: Córdoba es el lugar donde vive y el lugar de origen de su familia materna, también el lugar donde se casaron sus padres; en el hogar del cura Lucchese fue criado él como niño huérfano en plena dictadura y el documento que nos envió –“Hacia una nueva tercera posición del Nacionalismo Popular Revolucionario en el S. XXI”- propone una cronología política de la Argentina en la que la experiencia de Montoneros, y con ella la figura de su padre, encuentra su justificación en el pasado y su razón de ser en el presente.

Mario Javier Firmenich nació en la cárcel de Devoto el 24 de diciembre de 1976. Su madre, María Elpidia Martínez Agüero, militante montonera de la columna Norte a cargo de Rodolfo Galimberti, había sido detenida en julio de ese año en plena calle y estuvo prisionera clandestina en Coordinación Federal de la policía. Hubo festejos y tironeos entre las fuerzas represivas para ver quien se quedaba con el trofeo, la esposa del número 1 de la conducción montonera. Mario atribuye a los meses de tortura y maltrato sufridos por su madre el haber nacido prematuro. Su vida estuvo en riesgo y sólo recién después de tres meses de incubadora pudo volver al pabellón 49 con el resto de las presas, aunque por poco tiempo: cumplidos los siete meses, los niños debían abandonar la prisión. Alguna vez, ex compañeras de pabellón de su madre, “la Negrita”, pusieron en duda su integridad revolucionaria dentro de la cárcel y llamaron la atención sobre el hecho de que finalmente la dictadura hubiera liberado viva a la esposa del guerrillero más buscado. Pero hace tiempo que Mario dejó de leer libros y memorias sobre los años '70. Si tiene dudas sobre algo, como las tuvo cuando acusaban a su padre de haber sellado un pacto con el almirante Emilio Eduardo Massera, siempre tiene a disposición fuentes de primera mano en las que cree sin fisuras.

En ese mismo pabellón, pero casi ocho años después, estuvo detenido Mario Eduardo Firmenich tras el juicio de 1985 que lo acuso de delitos de homicidio, asociación ilícita, instigación pública a cometer delito, apología del crimen y otros atentados contra el orden público. Allí, finalmente, se casaron los Firmenich-Martínez Agüero en presencia de sus hijos. Pero mucho antes de eso, cuando llegó el momento de que Mario abandonara Devoto, su madre –que había tenido que anotarlo en su nombre porque el padre estaba en la clandestinidad y el exilio- decidió que lo más seguro para su hijo sería estar lejos de la familia. Tuvo miedo de que lo convirtieran en blanco de alguna venganza o de que fuera tomado de rehén para forzar a Firmenich a entregarse. Además, ella sabía que su familia entera estaba en la mira. Su hermano mayor, Guillermo, oficial montonero, estaba detenido desde 1974; otro hermano, José Agustín, había sido secuestrado y estaba desaparecido desde poco antes de que ella fuera detenida; Gabriel y Diego, los menores, que no militaban formalmente pero apoyaban la causa, partieron al exilio, y María Soledad, también militante, estaba casado con Ricardo René Heidar, capitán montonero hoy desaparecido, que había sobrevivido a la masacre de Trelew y fue secuestrado en Brasil en 1982. Firmenich estaba entonces en México con María Inés, la primera hija del matrimonio a la que había logrado sacar del país.

La abuela María Elpidia Agüero Díaz, la mamá de “La Negrita”, daba cobertura a las actividades políticas de sus hijos gracias a su fachada de dama cordobesa. Ella era el enlace entre las piezas dispersas de la familia. Marito fue entregado entonces al hogar de huérfanos de Villa Allende fundado por el sacerdote Francisco Lucchese, un viejo amigo de la familia que había casado a los padres en 1973, en una ceremonia secreta en la casa familiar. Pese a su cercanía con el movimiento de sacerdotes tercermundistas, Lucchese mantenía buenos contactos con la curia, algo que Mario atribuye a la reconocida obra social que realizaba en la provincia. Sus buenos oficios consiguieron el aval del cardenal Raúl Francisco Primatesta, arzobispo de Córdoba afín a la dictadura, para que el niño Firmenich fuera llevado al hogar de Villa Allende y criado allí como un huérfano más. Un secreto que todos se comprometían a cuidar.

En el hogar, aún hoy, todos le dicen “el Bichi” y así lo saludan mientras recorremos los patios amplios, los pasillos y las habitaciones donde ahora juegan otros chicos. Aquí, el padre Lucchese lo sentaba a su lado en las comidas, aquí aprendió a rezar, a bendecir los alimentos, a vivir en comunidad, a sentir a ese sacerdote como un padre y a la Pato, una voluntaria, como su madre. Aquí fue donde Lucchese, preocupado ante una requisa que harían los militares en el hogar, tomó una hoja de afeitar y le borro de la mejilla ese lunar que lo delataba. Y de aquí se fue en 1982, a los cinco años, cuando su madre, que había sido liberada, pasó a buscarlo. Poco antes de que ella llegara, el sacerdote le contó la verdadera historia: que no era huérfano, que esa señora mayor que lo visitaba a menudo no era una voluntaria más, sino su abuela, y que ahora lo pasarían a buscar para irse del hogar al encuentro con toda la familia. No quiso saber nada. Las primeras noches les facilitaron una habitación para que madre e hijo empezaran a revincularse, pero él se bajaba de la cama y se escapaba en búsqueda de la Pato. Finalmente, cuando el 2 de abril la Argentina amaneció en guerra con Gran Bretaña, decidieron que era el mejor momento para intentar pasar inadvertidos por la frontera hacia Brasil. Desde allí partieron hacia la ciudad de México. Marito se acuerda muy bien del día en que, a los cinco años, conoció a su padre y a su hermana. “Me acuerdo del aeropuerto, me acuerdo de que yo venía de la mano de mi vieja, bajé de la escalerita del avión, en esa época había escaleritas y se bajaba por la puerta de atrás, y salí corriendo, me subí a upa de mi viejo, que estaba peinado a la gomina y yo jugaba con el pelo engominado, me subí a upa y lo primero que hice fue tocarle el lunar”.

Es sábado al mediodía, Berta está trabajando y en el jardín los chicos andan con los perros y corretean entre juguetes tirados. La casa que compraron con los 125 mil pesos de la indemnización que él cobro en 2009 por su nacimiento en cautiverio esta todavía a medio construir y la siguen pagando en cuotas de 5000 pesos. En el jardín un viejo Renault que se rompió hace tiempo espera algún alivio en el presupuesto familiar para ir al mecánico. Mario fuma en la cocina mientras intenta organizar el relato de su familia como si diera una clase de historia. Pregunta por el documento político que nos mandó por mail antes de viajar. “¿Lo leyeron, no?”, nos toma lección. Tiene la risa fácil, parece un tipo alegre, pero no es que no se tome las cosas en serio. Al contrario. Cuando habla de política baja un discurso muy articulado, un poco como si diera cátedra. Tampoco se ríe ni se toma livianamente la defensa de su padre; si hay algo que le pesa, si en algún momento algo produce un pequeño quiebre en el ánimo de su voz, es cuando habla de la situación de aislamiento político de Mario Eduardo Firmenich, radicado en el pueblo de Villanueva, de Barcelona y atento observador de la escena política argentina, sobre la que a veces da a conocer su opinión. Es un chivo expiatorio, dice el hijo, un político que tiene mucho para darle a la Argentina y a quien no se le reconoce su lugar en la historia. No solo eso. Algunas causas judiciales, como la de José Ignacio Rucci, reactivadas después de mucho tiempo, todavía podrían alcanzarlo y lo obligan a mantenerse alejado del país.

Dice que creció en una familia revolucionaria y que eso le gusta. “Uno naturaliza lo que le tocó vivir. No lo sufro. Hay un mecanismo psicológico en que la memoria sea bastante subjetiva, uno guarda lo que genera alegría y lo que genera dolor, al cajón de abajo”. En México, los Firmenich convivieron por unos pocos meses, hasta que sus padres retomaron la actividad política y él y su hermana Inés fueron llevados a la guardería de La Habana, la guardería montonera, como la llamo la periodista Analía Argento en el libro en que recogió los testimonios de algunos hijos que habían vivido esa experiencia. En 1979 y 1980, la conducción montonera decidió que cientos de guerrilleros que estaban en el exilio volvieran a la Argentina con el objetivo de jaquear a la dictadura militar, a la que se juzgó debilitada. Los hijos de esos militantes quedaron en la guardería, adonde los pasarían a buscar después de la victoria, pero la operación fue descubierta muy temprano –siempre se sospechó de filtraciones internas- y muy pocos padres pudieron volver a buscar a sus hijos, unos cincuenta chicos desde bebés hasta adolecentes, que pasaron poco más de un año al cuidado de compañeros de militancia y maestras cubanas. Los niños Firmenich estuvieron allí hasta febrero de 1983, cuando emprendieron el retorno a la Argentina con la abuela materna. En diciembre de ese año el comandante montonero logro también volver al país, hubo otro fugaz reencuentro familiar y en febrero de 1984, Firmenich fue detenido, reclamado por los juicios con que la democracia de Raúl Alfonsín buscaba saldar cuentas con la violencia reciente.

De ese tiempo se acuerda de que no tuvo a su padre en la infancia. Iba a la cárcel de Devoto a verlo. Jugaban al fútbol en un patio con una pelota de plástico. En el hogar de Lucchese se había hecho hincha de Boca y de Talleres, “pero me hice de Racing por mi viejo”, dice, y entonces, como Racing estaba en la B y las visitas eran los sábados, escuchaban juntos los partidos en la cárcel. Dice que su padre era cariñoso, pero siempre como muy cortito. Y que él fue construyendo de a poco esa relación, “de algún modo fui como asumiendo como propia su manera de pesar”. Tenía 11 años y ya iba con su madre a hacer pegatinas y a pintar paredes para el peronismo de Isidro Casanova, corazón del conurbano bonaerense, adonde vivieron los Firmenich durante los años '90 y hasta su radicación definitiva en España. Con la segunda tanda de indultos otorgados por el presidente Carlos Menem en 1991, Firmenich fue liberado y, por primera vez, empezarían a vivir como una familia típica. Para entonces habían nacido los hermanos menores de Mario –Facundo, Agustín y Santiago- y él había cumplido 14 años. Y ninguno, ni los chicos ni los adultos, sabían muy bien como era eso de tener una vida familiar. Dice que él, en el carácter, se parece a su padre, los dos “leche hervida”, muy calentones. Que su padre es muy rígido, que él más flexible, pero que dentro de todo, en la vida cotidiana que empezaron tarde, el ex líder montonero solía tener buen humor, salvo cuando estaba muy reconcentrado en sí mismo. O cuando, alejado ya de operativos clandestinos y de armas, el comandante de la principal organización de los años '70 luchaba por los resultados escolares de sus hijos, por si el novio de María Inés dormía con ella en el cuarto, por el poder adentro de la casa. “Después de tantos años, mi vieja había asumido todos esos mandos y ahí hubo que negociar. O sea, nadie que tiene el mando al cien por cien después quiere delegar una parte. Fue una primera etapa conflictiva”, se ríe.

Dice que se acostumbró que su apellido lo antecediera, a las miradas de reprobación y, eventualmente, a los insultos. No tanto en Isidro Casanova, porque el partido de La Matanza era puro partido peronista, dice, aunque hay motivos para pensar que incluso en el corazón del peronismo su apellido podía dividir aguas. Pero dice que no, que en mundo peronista amplio, y sobre todo en época de Alfonsín, “cuando el peronismo era oposición, estábamos todos hermanados”, se ríe. La cuestión más traumática en relación con el apellido apareció en la época de Menem y en ámbitos más propios de eso que él define con indisimulado fastidio como “la típica clase media porteña”, a la que acusa de hipocresías varias. También en esa época, el indulto que dejó en libertad a su padre y a los máximos de la represión ilegal –Videla, Massera, Agosti, Harguindeguy, Camps- lo expuso a miradas incómodas. Él ya era un alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires, el mismo del que había egresado su padre, ya se había acercado a militar en la agrupación que entonces lideraba su amigo Andrés “el Cuervo” Larroque, y en ese ambiente el indulto era un acuerdo indigerible. No era sencillo caminar por los pasillos plagados de carteles con el repudio de los estudiantes. A su padre también lo alcanzó ese reproche en forma directa: recién salido de la cárcel, era todavía un estudiante universitario en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA cuando un día, al entrar a clase, un chico le dio un volante de repudio al indulto y lo invito a firmar un petitorio para que Firmenich no estudie en la facultad. “Se lo entregó sin darse cuenta; mi viejo mira el volante, lo mira al pibe y el pibe lo mira, lo reconoce, y con cara de circunstancia le dice “Y bueno, ésta es la línea política en este momento”. Y mi viejo entró a la facultad”. La misma facultad que después le negó el diploma de honor a pesar de haberse graduado con calificación sobresaliente.

Mario dice que apenas leyó por arriba el libro de María O´Donnell, "Born", donde se reconstruye la trama de negociaciones que llevó al indulto. Hasta ahora, ningún ex miembro de la conducción salió a desmentir lo que la periodista reveló en su investigación: que parte de los 60 millones de dólares que Montoneros habían cobrado como rescate por la liberación de Jorge y Juan Born, en 1975, fue entregada al gobierno de Menem para aceitar las tratativas del indulto. “La plata no fue para el indulto, fue para la campaña”, corrige el hijo, que reivindica el esfuerzo de pacificación nacional que animaba a esa iniciativa y denuncia la perversidad del ex presidente de liberar al mismo tiempo a su padre y a los represores para enfatizar la teoría de los dos demonios y la homologación de responsabilidades. Mario lo defiende, pero  es difícil no leer el indulto como un ejemplo paradigmático de algo que él mismo describe al hablar de los años '90: “Un proceso de mercantilización de la política que vivió el país durante la revolución neoliberal de Carlos Menem. El menemismo cambió la estructura y la forma de pensar de la clase política nacional. Mercantilizó la realidad política y todos asumieron, desde el ultimo militante hasta el funcionario de mayor rengo, que la política era el arte de lo posible en términos mercantiles, en términos de que todo se compra, todo se vende, todo… las ideas no vale por si mismas”.

“Cuando mi viejo era un demonio”, dice de pronto. Y cuenta una de tantas anécdotas, un día en la fila para hacer el documento en la Policía Federal. “Firmenich, Mario Javier”, gritó la empleada, y él sintió las miradas, el peso de una reprobación extendida. “Yo era pequeño. Hoy lo analizo casi como un proceso psicológico de haber asumido la historia personal en términos políticos, un mecanismo de defensa, de poder defender mi existencia y mi identidad. Yo era un nene de ocho años cuando mi viejo fue preso. Para poder sentirme bien conmigo y no sentirme el hijo de un demonio, tenía que entender porque a mi viejo lo trataban como a un demonio, para lo cual, a partir de esa edad empecé a leer libros, escuchaba la radio, era adicto a las noticias. Y además, mi vieja nos llevaba a militar a los barrios donde yo lo que veía era que, en ciertos lugares, mi viejo era un genio y en otros, era un demonio, un hijo de puta, un asesino. Lo primero que aprendí a entender fue que, depende en que ámbito me moviera, mi viejo era un patriota o u hijo de puta, demonizado, traidor, no sé qué, todo, todo, lo que se decía de él. Yo venía de un frasco cristiano practicante, pero cuando conocí el mundo, lo primero que aprendí fue a relativizar las realidades. Entonces lo que era normar, natural y lógico, en otro lugar no lo era. La primera vez que fui a México nadie bendecía los alimentos y yo había aprendido que no se come sin bendecir la comida. Lo que aprendí de chiquito entre los cinco y los ocho años es que la realidad es muy relativa. Esto mismo me pasó después en términos políticos. Yo iba a ciertos lugares donde la gente se emocionaba al abrazarme, porque pensaban que estaban abrazando a mi viejo en un abrazo conmigo. Y después iba a sacar el pasaporte y cuando decían “Firmenich Mario Javier” todos me miraban y yo me sentía acosado por las decenas de miradas ajenas. Y después iba al almacén y escuchaba que decían que en mi casa había un búnker con armas y plata de los Born, y yo sabía que en mi casa no había ni armas ni plata de los Born. Entonces rápidamente entendí que lo que se dice tiene que ver con lo que cada cual cree en función de lo que quiere creer o lo que no quiere creer para defender su modo de pensar. Y yo aprendí a defender mi modo de pensar en términos políticos y a defender así mi propia existencia”.

Cuando nos encontramos en septiembre de 2014 hacia poco que había dejado de militar en La Cámpora, la agrupación juvenil conducida por Máximo Kirchner. “Me obligaban a militar sin nombre ni apellido, así de sencillo. Para no crear problemas, supuestos problemas a nivel nacional. Yo quería generar discusiones políticas y en La Cámpora no está bien visto discutir políticamente ni la coyuntura ni el futuro. Es muy verticalista. Su función es cuidar a Cristina, es el recambio generacional organizado estrictamente bajo el lineamiento de la Presidencia de la Nación, no deja de ser una guardia pretoriana de Cristina Kirchner. Y además yo no me bancaba militar con capucha”.

Casi se volvía un planteo existencial, la exigencia de que los compañeros ponían sal en una herida que sigue abierta: la condena social sobre su padre, pero a veces es difícil diferenciar sus voces. En el trabajo de Historia Económica que escribió para el Instituto de Formación Política Rodolfo Puiggrós que preside el ex canciller Jorge Taiana, más de una vez se escapa como sujeto de la enunciación un “nosotros” que difícilmente podría enunciar él en su propio nombre. Explica entonces que también aportaron ideas algunos viejos compañeros del peronismo revolucionario, incluido su padre. Allí planten la perspectiva histórica en la que se enmarcan, que arranca en las rebeliones indígenas del siglo XVIII y asocia la experiencia de la guerrilla peronista de los años '70 con las famosas montoneras federales del siglo XIX, de donde tomaron su nombre, y cuyos reclamos ven retomados por los dos grandes movimientos populares del siglo XX, el radicalismo de Yrigoyen y luego Perón. De ahí a la resistencia peronista contra el golpe de 1955, hasta el enfrentamiento con la derecha del peronismo y la dictadura.

También revisan el modo en que los montoneros deberían reciclarse en el marco de la democracia liberal, si “colgados” de una propuesta ajena al peronismo –y entonces verse obligados a militar “con capucha”, como con el Kirchnerismo-, o si reflotando la vieja idea de un partido propio. Pero antes de eso justificaran la decisión de haber tomado las armas como una respuesta popular a la agresión que venía de arriba y ensayarán una explicación sobre la Contraofensiva, los indultos y también sobre el asesinato del sindicalista José Ignacio Rucci, un crimen perfecto para los intereses antipopulares, admiten, pero del que niegan que la conducción montonera sea responsable. “Para el momento del crimen, estaban fusionándose distintas agrupaciones del peronismo insurgente, FAR, FAP, Descamisados. Se estaba discutiendo la fusión y como iba a quedar armada la nueva conducción nacional. Por eso les digo que la conducción general de Montoneros nunca  tomó la decisión orgánica de matar a Rucci. La conducción nacional no armó el atentado, ni logística ni políticamente. Eso es lo que yo sé, A ver, 40 mil personas en la cancha de Atlanta cantaban “Rucci traidor, a vos te va a pasar lo que le paso a Vandor”. Al día siguiente, miles de jóvenes cantaban “Rucci traídos, saludos Vandor”. Es cierto no tiene valor de estadística, pero yo les digo que la presión social de la base montonera era matarlo a Rucci. Y muchos se alegraron cuando se enteraron de que Rucci había muerto."

De regreso de Córdoba, nos reunimos una vez más en un bar de estirpe porteña y peronista, el Varela-Varelita, de Scalabrini Ortiz y Paraguay.

-¿Te sentís obligado a reivindicar todo lo hacho y deshacerlo por tu padre?

-No. Es que yo reivindico la historia, los objetivos generales, las motivaciones. Nosotros somos la generación posterior y tenemos que sanar de alguna manera parte de las heridas de lo que nos precede. Esta sociedad todavía tiene que sanar las heridas que tiene y voy a ser parte de esas heridas quiera o no quiera, porque soy el hijo de alguien que para muchos representa una herida social. Eso condiciona mi actividad. Es así. Si no, no me hubieran venido a buscar para este libro. Si no fuese Firmenich, no serviría. Yo decido no romper con esa herencia y eso no implica justificar la muerte de nadie. Es una simplificación pensar que la gente del 70´ le gustaba la muerte. La muerte es parte de la vida y se supone trágico cuando es anterior a lo biológico. Acá hubo una generación que decidió dar su vida y hubo un sector del poder que decidió acortar la vida de esa generación porque no le interesaba que esa ideología llegara al poder y tuviera opción de ser elegida y gobernar la Argentina. Lo consiguió.

-¿Alguna vez te sentiste interpretado por lo que escuchabas fuera de tu casa sobre tus padres?

-Con tanta insistencia mediática llegué a preguntarme si podría haber existido una reunión entre mi viejo y Massera. Llegué a dudar. Lo hable con mi viejo y me dijo “pudo haber sido cierto, pero no lo fue”. Él sabía que la gente de Massera lo buscaba para matarlo, personalmente Astiz. De hecho en parís mi papá zafó por minutos.

-¿Y respecto de las víctimas de Montoneros?

-A ver, a mí la muerte me duele. A cualquier ser humano. Tengo algún recuerdo, siendo bastante chico, menos de 13 años, siendo católico, que una vez fui a rezar y pensé en mi propia historia y la historia de mi familia en cuanto a la muerte como algo que nos rodeaba. En ese momento cuasi espiritual, pensé poniéndome en lugar de una víctima de Montoneros y sentí dolor. Me gustaría sentarme a hablar con una persona que piensa totalmente diferente de mí, porque creo que los hijos de nuestros padres tenemos que sanar las heridas de la sociedad, aunque no sean nuestras. Justamente porque no son nuestras y entonces es más fácil para nosotros que para ellos. Me gustaría discutir políticamente con Claudia Rucci y preguntarle por qué dice y piensa lo que dice, y que ella esté dispuesta a escuchar. Sería sano para mí y para la sociedad también. Creo que solo los hijos pueden hacer eso, y si no, tendrán que ser los nietos, pero en algún momento la sociedad tiene que reconstruirse y ser viable. Yo no tendría problema en sentarme a hablar con el nieto de Videla, ¿me explico? Creo que tendríamos puntos en común. En la convivencia uno va limitando diferencias todo el tiempo, aprendés a aceptar las diferencias del otro. Es difícil pero no imposible. El para qué juntarnos es importante. En esa conversación yo no voy a justificar la muerte individual del padre de una persona, de un empresario o de un pibe. Asumiría que la muerte no es algo que le guste a nadie. Yo sé que es un ejercicio complicado, pero también creo que es la única manera de entender por qué tantos miles de personas que optaron por esa vía, con objetivos buenos, en general.

En el momento en que vivimos en Córdoba su alejamiento de La Cámpora era reciente, pero seguía militando en el Movimiento Evita. Meses después, cuando hablamos por teléfono para actualizar algunos datos antes del cierre del libro, en noviembre de 2015, nos confirmó que también se había alejado de ese otro espacio político: “El Movimiento Evita depende de las dádivas del Estado y su política está en función de lo que necesitaba el gobierno de Cristina Kirchner. Y ella es así, látigo y billetera”. Era noviembre de 2015, el triunfo de Macri había sido un golpe inesperado, y de pronto, lo que antes habían sido criticas cuidadas a la gestión kirchnerista se expresaba ahora con menos filtro: “La lógica de acumulación de poder propio a expensas de dividir a la sociedad se ha agotado”, decía, “la cultura de llevar a la gente de la nariz fue derrotada”, “hay que terminar con la irresponsabilidad de la dirigencia y ponerse a trabajar de una vez por la unidad de los peronistas, hay que resolver ya la grieta de los años 70”.

Hoy habla de sanar heridas, recomponer las grietas, pacificar el país. ¿No facilitaría las cosas si Montoneros pidieran perdón? “Pedir perdón vos solo no. Si todos piden perdón, sí. Acá se necesita una autocrítica individual y colectiva de todos los sectores”. El documento para la reconciliación y pasificación nacional que Montoneros le habían propuesto a Menem con el indulto, dice, sigue teniendo vigencia. “¿Leyeron los 40 puntos?” Se refería al análisis electoral que había publicado su padre desde Barcelona, antes del balotaje que sello el triunfo Mauricio Macri. Consenso, dialogo, encuentro, unidad, son conceptos centrales de ese texto. La actual modernización política del ex guerrillero encuentra eco en las palabras de su hijo.

“Yo nunca tuve miedo de hablar, me parece que es sano. Es sano que nuestra generación hable sin tapujos de la historia y defienda las posiciones que quiera defender, pero sin tener la subjetividad que te da haber pertenecido, porque los hijos somos parte, pero parte hereditaria. Es una herencia. Y uno con las herencias puede hacer dos cosas: o las administra o las dilapida”.

-O las rechaza, las pone en discusión.

-Es verdad, también está la opción de decir “No quiero saber nada con esta historia, con esta herencia”. Pero yo creo que lo más sano es administrarla, administrarla en el buen sentido de la palabra.

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