POLÍTICA Y FICCIÓN

Un Underwood en el Congreso, el gran miedo de Cristina

El ex diputado Gil Lavedra, que participó en la redacción del anteproyecto del Código Penal, intentó culpar de sus desventuras por esa participación en un artículo donde habla del Frank Underwood argentino, en alusión al parlamentario de la serie norteamericana House of Cards, capaz de todo por un cargo en el Gobierno nacional. La cuestión es quién sería hoy el Underwood de Cristina. En tiempos de Menem lo fue José Luis Manzano. Pero la Presidente sabe que la aparición de un personaje con ‘vuelo propio’ quebraría a los K y con la disciplina partidaria logra cortarles las alas, por ahora…

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24).- Mientras está la discusión por el contenido del nuevo Código Penal, dentro del PRO y de la UCR hay otra discusión por la participación de sus referentes en la comisión redactora que encabezó Eugenio Zaffaroni. En el partido centenario la atención está en el rol del ex diputado nacional por la UCR, Ricardo Gil Lavedra, ‘pegado’ al anteproyecto de Crisitna y quien ayer publicó en Clarín una breve columna donde termina culpando por su desventura al Underwood (Frank) argentino.

Este es el comentario que en su cuenta personal de Twitter publicó el ex legislador, en referencia a su artículo:

@rgillavedra

Ahora ya sé quién se maneja (o intenta) como un Underwood local, pero en esta nota no lo digo...

Frank Underwood es el personaje que encarna Kevin Spacey, en la serie de Netflix (TV por Internet) House of Cards. En la tira, que solo se ve en la red pero que ha trascendido las computadoras por su narración de los métodos de un mundo político corrupto, Underwood es un congresista que para ilustrarlo al modo kirchnerista: “va por todo”.

Ocurre que Underwood, poco afecto a la ética y a la moral, es un congresista del Partido Demócrata que espera ser nombrado secretario de Estado por el nuevo presidente. Pero por un cambio de planes, pierde el puesto. Desde entonces, sin darse por vencido, Underwood saca provecho de su puesto en el Parlamento con la ayuda de su esposa, Claire (Robin Wright), recurriendo a todos los métodos a su alcance, desde la manipulación hasta el asesinato.

Gil Lavedra no quiere nombrar al Underwood argentino. Sería una pesadilla para Cristina Fernández, por eso el férreo control que los Kirchner han ejercido sobre los legisladores del Congreso y también en el Gabinete nacional.

Sobre este último ámbito ya hemos hablado en varias oportunidades en Urgente24. Aunque hay que salvar distancias con el personaje de ficción, hiperbolizado para las audiencias. La estrategia ha sido limitar a los ministros otorgándole grandes cuotas de Poder a los secretarios. Pasa con Sergio Berni, pasó con Guillermo Moreno, se intentó con Alejandro Ramos debajo de Randazzo, o con Baratta y De Vido.

En la Cámara de Diputados, la disciplina K ha funcionado bien. Los diputados de ‘vuelo’ propio se han ido del Frente para la Victoria o se han alineado sin chistar a las órdenes de la Rosada. Luego aterrizó La Cámpora, con ‘Wado’ de Pedro y el ‘Cuervo’ Larroque para contrarrestar el peso de los diputados del sector del peronismo. La jefa del bloque K, Juliana Di Tullio reemplazó a un Agustín Rossi que tampoco apeló a su cargo para ir “por más”.

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En el Senado, el jefe de la bancada kirchnerista, Miguel Ángel Pichetto, pudo ser un Underwood si no lo fue en algún momento. Especialmente cuando ganó en las últimas elecciones legislativas del 27 de octubre de 2013 en Río Negro, uno de los pocos junto con Capitanich que salvó la ropa para los K. Tras su victoria, Pichetto realizó varias declaraciones públicas donde hizo pesar el apoyo de los votos que obtuvo. "El Gobierno debe escuchar al PJ y a los dirigentes que ganaron en la elección", reclamó el 2/11/2013. Aspiraba en lo inmediato a ascender a Presidente Provisional del Senado y luego a tener la bendición de Cristina para competir en la interna peronista con miras a 2015. Luego, cuando Cristina insistió en Gerardo Zamora para ocupar el lugar de Beatríz Rojkés de Alperovich, junto con los senadores del PJ procuró mantener a la mujer en su lugar. Pero finalmente, la Presidente envió la orden final e impuso a Zamora.

Más atrás en el tiempo, José Luis Manzano ha sido un Underwood. Fue diputado en 1983 y luego integró el gobierno de Carlos Menem como ministro del interior, recordado por haber pronunciado la frase "Yo robo para la corona", cuando arreciaban las denuncias de corrupción.

Hoy, un Underwood sería una pesadilla para Cristina, quien quizás haya advertido el riesgo de un personaje con ‘vuelo propio’ mucho antes de que se redactara el guión de House of Cards, quizás cuando la BBC emitía la primera versión basada en la novela de Lord Dobbs en 1990.

Sin embargo, habrá que seguir de cerca una idea que gesta un grupo de opositores para confeccionar una agenda común con miras a 2015, en esa mesa quieren a un oficialista.

A continuación, el artículo de Ricardo Gil Lavedra:

La política es una práctica virtuosa en procura del bien común? ¿O se agota en la búsqueda del poder y su ejercicio? ¿Existen límites éticos en la actividad política? ¿O cualquier procedimiento es válido si permite alcanzar los objetivos buscados?

Todos estos interrogantes han sido puestos de manifiesto con la exhibición de la serie “House of cards”, en la que un dirigente político no vacila en recurrir a cualquier procedimiento o manipulación, si ello le asegura la obtención de sus propósitos. Pese a no ser de difusión masiva (sólo se accede a ella por Internet y suscripción), la repercusión que ha tenido en la prensa y en las redes sociales ha sido muy significativa.

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Más allá del acierto de la trama, de su rigor técnico y de algunas interpretaciones notables, me pregunto qué resortes ha tocado en los espectadores, entre los que me incluyo, para provocar ese impacto.

Por un lado, creo que la serie corrobora la extendida creencia popular de que el ejercicio de la política está rodeado de corrupción, intrigas y manipulaciones en torno al poder. Muchos dirigentes nacionales, que siguen la serie con entusiasmo, se han visto en la obligación de señalar que en la realidad las cosas no son como la serie muestra, que hay exageraciones, etc.

No importa si eso es así o no. La percepción de la gente sobre la política, injusta o no, es como la cuenta “House of Cards”, que viene a decirnos “es tal cual como lo imaginan”.

Por el otro, merece analizarse la influencia del recurso de “romper la cuarta pared”. Se denomina así a la técnica, original del teatro luego extendida al cine y ahora a los videojuegos, de atravesar la pared invisible que hay entre el escenario y los espectadores cuando los actores se dirigen directamente a estos últimos, haciéndolos partícipes del espectáculo.

Frank Underwood, el villano protagonista de la serie, magníficamente interpretado por Kevin Spacey, corre la cortina diciendo “vengan amigos, pasen”.

Le habla permanentemente al espectador, entablando una íntima relación, haciéndolo cómplice de sus intrigas y fechorías capaces de llegar adonde sea.

Este procedimiento, propio de William Shakespeare en sus inolvidables personajes perversos como Yago en Otelo (también despechado al igual que Underwood por haber sido desplazado de un cargo) o Ricardo III en sus crueles maquinaciones para hacerse del trono de Inglaterra, no sólo humanizan al personaje, sino que también involucran al espectador en la realización de las maniobras arteras. Nos pone de su lado, todos queremos que siga actuando de esa manera.

Es nuestra venganza de la real politik y la confirmación de que la cosa era como sospechábamos.

En la ficción no importa la verdad sino la verosimilitud y, en este caso, lamentablemente, realidad y ficción no parecen estar demasiado lejos.

Ahora salgamos un instante de la serie. La política no está reservada sólo a los políticos. A todos nos concierne.

La recuperación de la credibilidad perdida pasa también por atravesar “la cuarta pared” y meternos todos en el escenario político para controlar qué es lo que se hace. Por supuesto, hay corrupción, hay intrigas y todo tipo de turbios manejos en torno al ejercicio del poder, pero el mejor antídoto para prevenir esas conductas indeseables es una ciudadanía activa que vigile obsesivamente a las autoridades y les exija permanentemente la rendición de sus actos.

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