HISTORIA Y FE

Acerca de El Conflicto de los Siglos

Buena gente los adventistas, con muchos principios correctos y pioneros en materia de prevención de la salud y correcta nutrición. En el siglo 19 ya sostenían lo que ahora corrobora la ciencia médica. En estos días, ellos hacen un esfuerzo global de distribución de un texto para ellos no tan importante como la Biblia pero trascendente, El Conflicto de los Siglos. Y Urgente24 apoyará su esfuerzo, difundiendo 2 capítulos de ese libro:

 

La distribución del libro El Conflicto de los Siglos se encuentra asegurada en Internet en diversos links tales como 
 
 
 
 
 
N. de la R.: La llamada Reforma Protestante fue un hecho decisivo en la historia de la Humanidad desde varios puntos de vista: político, sociocultural y espiritual. Uno de sus protagonistas fue el sacerdote católico agustino Martín Lutero, quien revisó las doctrinas medievales acerca de la Biblia; rechazó el complejo sistema sacramental de la Iglesia Católica medieval, que permitía y justificaba exageraciones como la "venta de indulgencias", según Lutero, un verdadero secuestro del Evangelio, el cual debía ser predicado libremente, y no vendido; y recuperó el concepto de la justificación por la fe. 
 
Ese capítulo clave ocurrió en Alemania, eje del que se llamaba Sacro Imperio Romano Germánico. En Alemania, los grandes nobles eran casi independientes y señores de numerosas tierras y vasallos campesinos, y siempre estaban conspirando contra la autoridad del emperador germánico, que apenas tenía poder sobre ellos (ah, el federalismo...). También existía una pequeña nobleza, los segundones de las grandes casas nobiliarias, quienes a principios del siglo XV cuestionaban la opulencia de la Iglesia Católica, propietaria de enormes cantidades de tierras desaprovechadas. 
 
La autora del texto, Ellen H. White, de prosa encendida, realiza el siguiente relato de esos acontecimientos decisivos:
 
 
Capítulo 8
 
UN NUEVO emperador, Carlos V, había ascendido al trono de Alemania, y los emisarios de Roma se apresuraron a presentarle sus plácemes, y procuraron que el monarca emplease su poder contra la Reforma. Por otra parte, el elector de Sajonia, con quien Carlos tenía una gran deuda por su exaltación al trono, le rogó que no tomase medida alguna contra Lutero, sin antes haberle oído. De este modo, el emperador se hallaba en embarazosa situación que le dejaba perplejo. Los papistas no se darían por contentos sino con un edicto imperial que sentenciase a muerte a Lutero. El elector había declarado terminantemente "que ni su majestad imperial, ni otro ninguno había demostrado que los escritos de Lutero hubiesen sido refutados;" y por este motivo, "pedía que el doctor Lutero provisto de un salvoconducto, pudiese comparecer ante jueces sabios, piadosos e imparciales." - D'Aubigné, lib. 6, cap. 11.
 
La atención general se fijó en la reunión de los estados alemanes convocada en Worms a poco de haber sido elevado Carlos al trono. Varios asuntos políticos importantes tenían que ventilarse en dicha dieta, en que por primera vez los príncipes de Alemania iban a ver a su joven monarca presidir una asamblea deliberativa. De todas partes del imperio acudieron los altos dignatarios de la iglesia y del estado. Nobles hidalgos, señores de elevada jerarquía, poderosos y celosos de sus derechos hereditarios; representantes del alto clero que ostentaban su categoría y superioridad; palaciegos seguidos de sus guardias armados, y embajadores de tierras extrañas y lejanas - todos se juntaron en Worms. Con todo, el asunto que despertaba más interés en aquella vasta asamblea era la causa del reformador sajón.
 
Carlos había encargado ya de antemano al elector que trajese a Lutero ante la dieta, asegurándole protección, y prometiendo disponer una discusión libre con gente competente para debatir los motivos de disidencia. Lutero por su parte ansiaba comparecer ante el monarca. Su salud por entonces no estaba muy buena; no obstante, escribió al elector: "Si no puedo ir a Worms bueno y sano, me haré llevar enfermo allá. Porque si el emperador me llama, no puedo dudar que sea un llamamiento de Dios. Si quieren usar de violencia contra mí, lo cual parece probable (puesto que no es para instruirse por lo que me hacen comparecer), lo confío todo en manos del Señor. Aun vive y reina el que conservó ilesos a los mancebos en la hornalla. Si no me quiere salvar, poco vale mi vida. Impidamos solamente que el Evangelio sea expuesto al vilipendio de los impíos, y derramemos nuestra sangre por él, para que no triunfen. ¿Será acaso mi vida o mi muerte la que más contribuirá a la salvación de todos? . . . Esperadlo todo de mí, menos la fuga y la retractación. Huir, no puedo; y retractarme, mucho menos." - Id., lib. 7, cap. 1.
 
La noticia de que Lutero comparecería ante la dieta circuló en Worms y despertó una agitación general. Aleandro a quien, como legado del papa, se le había confiado el asunto de una manera especial, se alarmó y enfureció. Preveía que el resultado sería desastroso para la causa del papado. Hacer investigaciones en un caso sobre el cual el papa había dictado ya sentencia condenatoria, era tanto como discutir la autoridad del soberano pontífice. Además de esto, temía que los elocuentes y poderosos argumentos de este hombre apartasen de la causa del papa a muchos de los príncipes. En consecuencia, insistió mucho cerca de Carlos en que Lutero no compareciese en Worms. Por este mismo tiempo se publicó la bula de excomunión contra Lutero, y esto, unido a las gestiones del legado, hizo ceder al emperador, quien escribió al elector diciéndole que si Lutero no quería retractarse debía quedarse en Wittenberg.
 
No bastaba este triunfo para Aleandro, el cual siguió intrigando para conseguir también la condenación de Lutero. Con una tenacidad digna de mejor causa, insistía en presentar al reformador a los príncipes, a los prelados y a varios miembros de la dieta, "como sedicioso, rebelde, impío y blasfemo." Pero la vehemencia y la pasión de que daba pruebas el legado revelaban a las claras el espíritu de que estaba animado. "Es la ira y el deseo de venganza lo que le excita - decían, - y no el celo y la piedad." - Ibid. La mayoría de los miembros de la dieta estaban más dispuestos que nunca a ver con benevolencia la causa del reformador y a inclinarse en su favor.
 
Con redoblado celo insistió Aleandro cerca del emperador para que cumpliese su deber de ejecutar los edictos papales. Esto empero, según las leyes de Alemania, no podía hacerse sin el consentimiento de los príncipes, y Carlos V, no pudiendo resistir a las instancias del nuncio, le concedió que llevara el caso ante la dieta. "Fue éste un día de orgullo para el nuncio. La asamblea era grande y el negocio era aún mayor. Aleandro iba a alegar en favor de Roma, . . madre y señora de todas las iglesias." Iba a defender al primado de Pedro ante los principados de la cristiandad. "Tenía el don de la elocuencia, y esta vez se elevó a la altura de la situación. Quiso la Providencia que ante el tribunal más augusto Roma fuese defendida por el más hábil de sus oradores, antes de ser condenada." - Wylie, lib. 6, cap. 4. Los que amparaban la causa de Lutero preveían de antemano, no sin recelo, el efecto que produciría el discurso del legado. El elector de Sajonia no se hallaba presente, pero por indicación suya habían concurrido algunos de sus cancilleres para tomar nota del discurso de Aleandro.
 
Con todo el poder de la instrucción y la elocuencia se propuso Aleandro derrocar la verdad. Arrojó contra Lutero cargo sobre cargo acusándole de ser enemigo de la iglesia y del estado, de vivos y muertos, de clérigos y laicos, de concilios y cristianos en particular. "Hay - dijo - en los errores de Lutero motivo para quemar a cien mil herejes."
 
En conclusión procuró vilipendiar a los adherentes de la fe reformada, diciendo: "¿Qué son todos estos luteranos? Un puñado de gramáticos insolentes, de sacerdotes enviciados, de frailes disolutos, abogados ignorantes, nobles degradados y populacho pervertido y seducido. ¡Cuánto más numeroso, más hábil, más poderoso es el partido católico! Un decreto unánime de esta ilustre asamblea iluminará a los sencillos, advertirá a los incautos, decidirá a los que dudan, fortalecerá a los débiles." - D'Aubigné, lib. 7, cap. 3.
 
Estas son las armas que en todo tiempo han esgrimido los enemigos de la verdad. Estos son los mismos argumentos que presentan hoy los que sostienen el error, para combatir a los que propagan las enseñanzas de la Palabra de Dios. "Quiénes son estos predicadores de nuevas doctrinas? - exclaman los que abogan por la religión popular. - Son indoctos, escasos en número, y los más pobres de la sociedad. Y, con todo, pretenden tener la verdad y ser el pueblo escogido de Dios. Son ignorantes que se han dejado engañar. ¡Cuán superior es en número y en influencia nuestra iglesia! ¡Cuántos hombres grandes e ilustrados hay entre nosotros! ¡Cuánto más grande es el poder que está de nuestra parte!" Estos son los argumentos que más sacan a relucir y que parecen tener influencia en el mundo, pero que no son ahora de más peso que en los días del gran reformador.
 
La Reforma no terminó, como muchos lo creen, al concluir la vida de Lutero. Tiene aún que seguir hasta el fin del mundo. Lutero tuvo una gran obra que hacer - la de dar a conocer a otros la luz que Dios hiciera brillar en su corazón; pero él no recibió toda la luz que iba a ser dada al mundo. Desde aquel tiempo hasta hoy y sin interrupción, nuevas luces han brillado sobre las Escrituras y nuevas verdades han sido dadas a conocer.
[ pagebreak ]
Honda fue la impresión que produjo en la asamblea el discurso del legado. No hubo ningún Lutero para refutar los cargos del campeón papal con las verdades convincentes y sencillas de la Palabra de Dios. Ningún esfuerzo se hizo para defender al reformador. Se manifestaba una disposición general no sólo para condenarlo junto con las doctrinas que enseñaba, sino para arrancar de raíz la herejía. Roma había disfrutado de la oportunidad más favorable para defender su causa. Se había dicho todo cuanto pudiera decirse para justificarla. Pero aquella victoria aparente no fue sino la señal de la derrota. Desde aquel día el contraste entre la verdad y el error iba a resaltar más y más, porque la lucha entre ambos quedaba resueltamente empeñada. Nunca desde aquel momento iba a quedar Roma tan segura como antes lo estuviera.
 
En tanto que la mayoría de los miembros de la dieta no hubieran vacilado en entregar a Lutero a la venganza de Roma, no eran pocos los que echaban de ver con dolor la corrupción que prevalecía en la iglesia, y deseaban que se concluyera con los abusos que sufría el pueblo alemán como consecuencia de la degradación e inmoralidad del clero. El legado había presentado al gobierno del papa del modo más favorable. Pero entonces el Señor movió a uno de los miembros de la dieta a que hiciese una verdadera exposición de los efectos de la tiranía papal. Con noble firmeza el duque Jorge de Sajonia se levantó ante aquella asamblea de príncipes y expuso con aterradora exactitud los engaños y las abominaciones del papado y sus fatales consecuencias. En conclusión añadió:
 
"He aquí indicados algunos de los abusos de que acusan a Roma. Han echado a un lado la vergüenza, y no se aplican más que a una cosa: ¡al dinero! ¡siempre más dinero! . . . de modo que los predicadores que debieran enseñar la verdad, no predican sino la mentira; y no solamente son tolerados, sino también recompensados, porque cuanto más mientan, tanto más ganan. De esta fuente cenagosa es de donde dimanan todas esas aguas corrompidas. El desarreglo conduce a la avaricia.... ¡Ah! es un escándalo que da el clero, precipitando así tantas almas a una condenación eterna. Se debe efectuar una reforma universal." - Id., cap. 4.
 
Lutero mismo no hubiera podido hablar con tanta maestría y con tanta fuerza contra los abusos de Roma; y la circunstancia de ser el orador un declarado enemigo del reformador daba más valor a sus palabras.
 
De haber estado abiertos los ojos de los circunstantes, habrían visto allí a los ángeles de Dios arrojando rayos de luz para disipar las tinieblas del error y abriendo las mentes y los corazones de todos, para que recibiesen la verdad. Era el poder del Dios de verdad y de sabiduría el que dominaba a los mismos adversarios de la Reforma y preparaba así el camino para la gran obra que iba a realizarse. Martín Lutero no estaba presente, pero la voz de Uno más grande que Lutero se había dejado oír en la asamblea.
 
La dieta nombró una comisión encargada de sacar una lista de todas las opresiones papales que agobiaban al pueblo alemán. Esta lista, que contenía ciento una especificaciones, fue presentada al emperador, acompañada de una solicitud en que se le pedía que tomase medidas encaminadas a reprimir estos abusos. "¡Cuántas almas cristianas se pierden! - decían los solicitantes - ¡cuántas rapiñas! ¡cuántas exacciones exorbitantes! ¡y de cuántos escándalos está rodeado el jefe de la cristiandad! Es menester precaver la ruina y el vilipendio de nuestro pueblo. Por esto unánimemente os suplicamos sumisos, pero con las más vivas instancias, que ordenéis una reforma general, que la emprendáis, y la acabéis." - Ibid.
 
El concilio pidió entonces que compareciese ante él el reformador. A pesar de las intrigas, protestas y amenazas de Aleandro, el emperador consintió al fin, y Lutero fue citado a comparecer ante la dieta. Con la notificación se expidió también un salvoconducto que garantizaba al reformador su regreso a un lugar seguro. Ambos documentos le fueron llevados por un heraldo encargado de conducir a Lutero de Wittenberg a Worms.
 
Los amigos de Lutero estaban espantados y desesperados. Sabedores del prejuicio y de la enemistad que contra él reinaban, pensaban que ni aun el salvoconducto sería respetado, y le aconsejaban que no expusiese su vida al peligro. Pero él replicó: "Los papistas . . . no deseaban que yo fuese a Worms, pero sí, mi condenación y mi muerte. ¡No importa! rogad, no por mí, sino por la Palabra de Dios.... Cristo me dará Su Espíritu para vencer a estos ministros del error. Yo los desprecio durante mi vida, y triunfaré de ellos con mi muerte. En Worms se agitan para hacer que me retracte. He aquí cuál será mi retractación: Antes decía que el papa era el vicario de Cristo; ahora digo que es el adversario del Señor, y el apóstol del diablo." - Id., cap. 6.
[ pagebreak ]
Lutero no iba a emprender solo su peligroso viaje. Además del mensajero imperial, se decidieron a acompañarle tres de sus más fieles amigos. Melanchton deseaba ardientemente unirse con ellos. Su corazón estaba unido con el de Lutero y se desvivía por seguirle, aun hasta la prisión o la muerte. Pero sus ruegos fueron inútiles. Si sucumbía Lutero, las esperanzas de la Reforma quedarían cifradas en los esfuerzos de su joven colaborador. Al despedirse de él, díjole el reformador: "Si yo no vuelvo, caro hermano, y mis enemigos me matan, no ceses de enseñar la verdad y permanecer firme en ella.... Trabaja en mi lugar. Si tú vives, poco importa que yo perezca." - Id., cap. 7. Los estudiantes y los vecinos que se habían reunido para ver partir a Lutero estaban hondamente conmovidos. Una multitud de personas cuyos corazones habían sido tocados por el Evangelio le despidieron con llantos. Así salieron de Wittenberg el reformador y sus acompañantes.
 
En el camino notaron que siniestros presentimientos embargaban los corazones de cuantos hallaban al paso. En algunos puntos no les mostraron atención alguna. En uno de ellos donde pernoctaron, un sacerdote amigo manifestó sus temores al reformador, enseñándole el retrato de un reformador italiano que había padecido el martirio. A la mañana siguiente se supo que los escritos de Lutero habían sido condenados en Worms. Los pregoneros del emperador publicaban su decreto y obligaban al pueblo a que entregase a los magistrados las obras del reformador. El heraldo, temiendo por la seguridad de Lutero en la dieta y creyendo que ya empezaba a cejar en su propósito de acudir a la dieta, le preguntó si estaba aún resuelto a seguir adelante. Lutero contestó: "¡Aunque se me ha puesto entredicho en todas las ciudades, continuaré! " - Ibid .
 
En Erfurt, Lutero fue recibido con honra. Rodeado por multitudes que le admiraban, cruzó aquellas mismas calles que antes recorriera tan a menudo con su bolsa de limosnero. Visitó la celda de su convento y meditó en las luchas mediante las cuales la luz que ahora inundaba Alemania había penetrado en su alma. Deseaban oírle predicar. Esto le era prohibido, pero el heraldo dio su consentimiento y el mismo que había sido fraile sirviente del convento ocupó ahora el púlpito.
 
Habló a la vasta concurrencia de las palabras de Cristo: "La paz sea con vosotros." "Los filósofos - dijo - doctores y escritores han intentado demostrar cómo puede el hombre alcanzar la vida eterna, y no lo han conseguido. Yo os lo explicaré ahora.... Dios resucitó a un Hombre, a Jesucristo nuestro Señor, por quien anonada la muerte, destruye el pecado y cierra las puertas del infierno. He aquí la obra de salvación.... ¡Jesucristo venció! ¡he aquí la grata nueva! y somos salvos por Su obra, y no por las nuestras.... Nuestro Señor Jesucristo dice: '¡La paz sea con vosotros! mirad mis manos;' es decir: Mira, ¡oh hombre! yo soy, yo solo soy quien he borrado tus pecados y te he rescatado. ¡Por esto tienes ahora la paz! dice el Señor."
 
Y siguió explicando cómo la verdadera fe se manifiesta en una vida santa: "Puesto que Dios nos ha salvado, obremos de un modo digno de Su aprobación. ¿Eres rico? Sirvan tus bienes a los pobres. ¿Eres pobre? Tu labor sirva a los ricos. Si tu trabajo no es útil más que para ti mismo, el servicio que pretendes hacer a Dios no es más que mentira," - Ibid.
 
El pueblo escuchaba embelesado. El pan de vida fue repartido a aquellas almas hambrientas. Cristo fue ensalzado ante ellas por encima de papas, legados, emperadores y reyes. No dijo Lutero una palabra tocante a su peligrosa situación. No quería hacerse objeto de los pensamientos y de las simpatías. En la contemplación de Cristo se perdía de vista a sí mismo. Se ocultaba detrás del Hombre del Calvario y sólo procuraba presentar a Jesús como Redentor de los pecadores.
 
El reformador prosiguió su viaje siendo agasajado en todas partes y considerado con grande interés. Las gentes salían presurosas a su encuentro, y algunos amigos le ponían en guardia contra el propósito hostil que respecto de él acariciaban los romanistas. "Os echarán en una hoguera - le decían, -  y os reducirán a cenizas como lo hicieron con Juan Hus." El contestaba: "Aun cuando encendiesen un fuego que se extendiera desde Worms hasta Wittenberg, y se elevara hasta el cielo, lo atravesaría en nombre del Señor; compareceré ante ellos, entraré en la boca de ese Behemoth, romperé sus dientes, y confesaré a nuestro Señor Jesucristo." - Ibid.
 
Al tener noticias de que se aproximaba a Worms, el pueblo se conmovió. Sus amigos temblaron recelando por su seguridad; los enemigos temblaron porque desconfiaban del éxito de su causa. Se hicieron los últimos esfuerzos para disuadir a Lutero de entrar en la ciudad. Por instigación de los papistas se le instó a hospedarse en el castillo de un caballero amigo, en donde, se aseguraba, todas las dificultades podían arreglarse pacíficamente. Sus amigos se esforzaron por despertar temores en él describiéndole los peligros que le amenazaban. Todos sus esfuerzos fracasaron. Lutero sin inmutarse, dijo: "Aunque haya tantos diablos en Worms cuantas tejas hay en los techos entraré allí." - Ibid.
 
Cuando llegó a Worms una enorme muchedumbre se agolpó a las puertas de la ciudad para darle la bienvenida. No se había reunido un concurso tan grande para saludar la llegada del emperador mismo. La agitación era intensa, y de en medio del gentío se elevó una voz quejumbrosa que cantaba una endecha fúnebre, como tratando de avisar a Lutero de la suerte que le estaba reservada. "Dios será mi defensa," dijo él al apearse de su carruaje.
[ pagebreak ]
Los papistas no creían que Lutero se atrevería a comparecer en Worms, y su llegada a la ciudad fue para ellos motivo de profunda consternación. El emperador citó inmediatamente a sus consejeros para acordar lo que debía hacerse. Uno de los obispos, fanático papista, dijo: "Mucho tiempo hace que nos hemos consultado sobre este asunto. Deshágase pronto de ese hombre vuestra majestad imperial. ¿No hizo quemar Segismundo a Juan Hus? Nadie está obligado a conceder ni a respetar un salvoconducto dado a un hereje." "No - dijo el emperador; - lo que uno ha prometido es menester cumplirlo." - Id., cap. 8. Se convino entonces en que el reformador sería oído.
 
Todos ansiaban ver a aquel hombre tan notable, y en inmenso número se agolparon junto a la casa en donde se hospedaba. Hacía poco que Lutero se había repuesto de la enfermedad que poco antes le aquejara; estaba debilitado por el viaje que había durado dos semanas enteras; debía prepararse para los animados acontecimientos del día siguiente y necesitaba quietud y reposo. Era tan grande la curiosidad que tenían todos por verlo, que no bien había descansado unas pocas horas cuando llegaron a la posada de Lutero condes, barones, caballeros, hidalgos, eclesiásticos y ciudadanos que ansiaban ser recibidos por él. Entre estos visitantes se contaban algunos de aquellos nobles que con tanta bizarría pidieran al emperador que emprendiera una reforma de los abusos de la iglesia, y que, decía Lutero, "habían sido libertados por mi evangelio." - Martyn, pág. 393. Todos, amigos como enemigos, venían a ver al monje indómito, que los recibía con inalterable serenidad y a todos contestaba con saber y dignidad. Su porte era distinguido y resuelto. Su rostro delicado y pálido dejaba ver huellas de cansancio y enfermedad, a la vez que una mezcla de bondad y gozo. Sus palabras, impregnadas de solemnidad y profundo fervor, le daban un poder que sus mismos enemigos no podían resistir. Amigos y enemigos estaban maravillados. Algunos estaban convencidos de que le asistía una fuerza divina; otros decían de él lo que los fariseos decían de Cristo: "Demonio tiene."
 
Al día siguiente de su llegada Lutero fue citado a comparecer ante la dieta. Se nombró a un dignatario imperial para que lo condujese a la sala de audiencias, a la que llegaron no sin dificultad. Todas las calles estaban obstruidas por el gentío que se agolpaba en todas partes, curioso de conocer al monje que se había atrevido a resistir la autoridad del papa.
 
En el momento en que entraba en la presencia de sus jueces, un viejo general, héroe de muchas batallas, le dijo en tono bondadoso: "¡Frailecito! ¡frailecito! ¡haces frente a una empresa tan ardua, que ni yo ni otros capitanes hemos visto jamás tal en nuestros más sangrientos combates! Pero si tu causa es justa, y si estás convencido de ello, ¡avanza en nombre de Dios, y nada temas! ¡Dios no te abandonará!" - D'Aubigné lib. 7, cap. 8.
 
Abriéronse por fin ante él las puertas del concilio. El emperador ocupaba el trono, rodeado de los más ilustres personajes del imperio. Ningún hombre compareció jamás ante una asamblea tan imponente como aquella ante la cual compareció Martín Lutero para dar cuenta de su fe. "Esta comparecencia era ya un manifiesto triunfo conseguido sobre el papismo. El papa había condenado a este hombre; y él se hallaba ante un tribunal que se colocaba así sobre el papa. El papa le había puesto en entredicho y expulsado de toda sociedad humana, y sin embargo se le había convocado con términos honrosos, e introducido ante la más augusta asamblea del universo. El papa le había impuesto silencio, él iba a hablar delante de miles de oyentes reunidos de los países más remotos de la cristiandad. Una revolución sin límites se había cumplido así por medio de Lutero. Roma bajaba ya de su trono, y era la palabra de un fraile la que la hacía descender." - Ibid.
 
Al verse ante tan augusta asamblea, el reformador de humilde cuna pareció sentirse cohibido. Algunos de los príncipes, observando su emoción, se acercaron a él y uno de ellos le dijo al oído: "No temáis a aquellos que no pueden matar más que el cuerpo y que nada pueden contra el alma." Otro añadió también: "Cuando os entregaren ante los reyes y los gobernadores, no penséis cómo o qué habéis de hablar; el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros." Así fueron recordadas las palabras de Cristo por los grandes de la tierra para fortalecer al siervo fiel en la hora de la prueba.
 
Lutero fue conducido hasta un lugar situado frente al trono del emperador. Un profundo silencio reinó en la numerosa asamblea. En seguida un alto dignatario se puso en pie y señalando una colección de los escritos de Lutero, exigió que el reformador contestase dos preguntas: Si reconocía aquellas obras como suyas, y si estaba dispuesto a retractar el contenido de ellas. Habiendo sido leídos los títulos de los libros, Lutero dijo que sí los reconocía como suyos. "Tocante a la segunda pregunta" añadió, "atendido que concierne a la fe y a la salvación de las almas, en la que se halla interesada la Palabra de Dios, a saber el más grande y precioso tesoro que existe en los cielos y en la tierra, obraría yo imprudentemente si respondiera sin reflexión. Pudiera afirmar menos de lo que se me pide, o más de lo que exige la verdad, y hacerme así culpable contra esta palabra de Cristo: 'Cualquiera que me negare delante de los hombres, le negaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos.' [Mateo 10:33.] Por esta razón, suplico a su majestad imperial, con toda sumisión, se digne concederme tiempo, para que pueda yo responder sin manchar la Palabra de Dios." - Ibid.
 
Lutero obró discretamente al hacer esta súplica. Sus palabras convencieron a la asamblea de que él no hablaba movido por pasión ni arrebato. Esta reserva, esta calma tan sorprendente en semejante hombre, acreció su fuerza, y le preparó para contestar más tarde con una sabiduría, una firmeza y una dignidad que iban a frustrar las esperanzas de sus adversarios y confundir su malicia y su orgullo.
 
Al día siguiente debía comparecer de nuevo para dar su respuesta final. Por unos momentos, al verse frente a tantas fuerzas que hacían causa común contra la verdad, sintió desmayar su corazón. Flaqueaba su fe; sintióse presa del temor y horror. Los peligros se multiplicaban ante su vista y parecía que sus enemigos estaban cercanos al triunfo, y que las potestades de las tinieblas iban a prevalecer. Las nubes se amontonaban sobre su cabeza y le ocultaban la faz de Dios. Deseaba con ansia estar seguro de que el Señor de los ejércitos le ayudaría. Con el ánimo angustiado se postró en el suelo, y con gritos entrecortados que sólo Dios podía comprender, exclamó:
 
"¡Dios todopoderoso! ¡Dios eterno! ¡cuán terrible es el mundo! ¡cómo abre la boca para tragarme! ¡y qué débil es la confianza que tengo en Ti! . . . Si debo confiar en lo que es poderoso según el mundo, ¡estoy perdido! ¡Está tomada la última resolución, y está pronunciada la sentencia! . . . ¡Oh Dios mío! ¡Asísteme contra toda la sabiduría del mundo! Hazlo ... Tú solo ... porque no es obra mía sino Tuya. ¡Nada tengo que hacer aquí, nada tengo que combatir contra estos grandes del mundo! . . . ¡Mas es Tuya la causa, y ella es justa y eterna! ¡Oh Señor! ¡sé mi ayuda! ¡Dios fiel, Dios inmutable! ¡No confío en ningún hombre, pues sería en vano! por cuanto todo lo que procede del hombre fallece.... Me elegiste para esta empresa.... Permanece a mi lado en nombre de Tu Hijo muy amado, Jesucristo, el cual es mi defensa, mi escudo y mi fortaleza." - Ibid.
[ pagebreak ]
Una sabia providencia permitió a Lutero apreciar debidamente el peligro que le amenazaba, para que no confiase en su propia fuerza y se arrojase al peligro con temeridad y presunción. Sin embargo no era el temor del dolor corporal, ni de las terribles torturas que le amenazaban, ni la misma muerte que parecía tan cercana, lo que le abrumaba y le llenaba de terror. Había llegado al momento crítico y no se sentía capaz de hacerle frente. Temía que por su debilidad la causa de la verdad se malograra. No suplicaba a Dios por su propia seguridad, sino por el triunfo del Evangelio. La angustia que sintiera Israel en aquella lucha nocturna que sostuviera a orillas del arroyo solitario, era la que él sentía en su alma. Y lo mismo que Israel, Lutero prevaleció con Dios. En su desamparo su fe se cifró en Cristo el poderoso libertador. Sintióse fortalecido con la plena seguridad de que no comparecería solo ante el concilio. La paz volvió a su alma e inundóse de gozo su corazón al pensar que iba a ensalzar a Cristo ante los gobernantes de la nación.
 
Con el ánimo puesto en Dios se preparó Lutero para la lucha que le aguardaba. Meditó un plan de defensa, examinó pasajes de sus propios escritos y sacó pruebas de las Santas Escrituras para sustentar sus proposiciones. Luego, colocando la mano izquierda sobre la Biblia que estaba abierta delante de él, alzó la diestra hacia el cielo y juró "permanecer fiel al Evangelio, y confesar libremente su fe, aunque tuviese que sellar su confesión con su sangre." - Ibid.
 
Cuando fue llevado nuevamente ante la dieta, no revelaba su semblante sombra alguna de temor ni de cortedad. Sereno y manso, a la vez que valiente y digno, presentóse como testigo de Dios entre los poderosos de la tierra. El canciller le exigió que dijese si se retractaba de sus doctrinas. Lutero respondió del modo más sumiso y humilde, sin violencia ni apasionamiento. Su porte era correcto y respetuoso si bien revelaba en sus modales una confianza y un gozo que llenaban de sorpresa a la asamblea.
 
"¡Serenísimo emperador!. ¡ilustres príncipes, benignísimos señores!" dijo Lutero. "Comparezco humildemente hoy ante vosotros, según la orden que se me comunicó ayer, suplicando por la misericordia de Dios, a vuestra majestad y a vuestras augustas altezas, se dignen escuchar bondadosamente la defensa de una causa acerca de la cual tengo la convicción que es justa y verdadera. Si falto por ignorancia a los usos y conveniencias de las cortes, perdonádmelo; pues no he sido educado en los palacios de los reyes, sino en la obscuridad del claustro." - Ibid.
 
Entrando luego en el asunto pendiente, hizo constar que sus escritos no eran todos del mismo carácter. En algunos había tratado de la fe y de las buenas obras y aun sus enemigos los declaraban no sólo inofensivos, sino hasta provechosos. Retractarse de ellos, dijo, sería condenar verdades que todo el mundo se gozaba en confesar. En otros escritos exponía los abusos y la corrupción del papado. Revocar lo que había dicho sobre el particular equivaldría a infundir nuevas fuerzas a la tiranía de Roma y a abrir a tan grandes impiedades una puerta aun más ancha. Finalmente había una tercera categoría de escritos en que atacaba a simples particulares que querían defender los males reinantes. En cuanto a esto confesó francamente que los había atacado con más acritud de lo debido. No se declaró inocente, pero tampoco podía retractar dichos libros, sin envalentonar a los enemigos de la verdad, dándoles ocasión para despedazar con mayor crueldad al pueblo de Dios.
 
"Sin embargo - añadió, - soy un simple hombre, y no Dios; por consiguiente me defenderé como lo hizo Jesucristo al decir: 'Si he hablado mal, dadme testimonio del mal.'. . . Os conjuro por el Dios de las misericordias, a vos, serenísimo emperador y a vosotros, ilustres príncipes, y a todos los demás, de alta o baja graduación, a que me probéis, por los escritos de los profetas y de los apóstoles, que he errado. Así que me hayáis convencido, retractaré todos mis errores y seré el primero en echar mano de mis escritos para arrojarlos a las llamas.
 
"Lo que acabo de decir muestra claramente que he considerado y pesado bien los peligros a que me expongo; pero lejos de acobardarme, es para mí motivo de gozo ver que el Evangelio es hoy día lo que antes, una causa de disturbio y de discordia. Este es el carácter y el destino de la Palabra de Dios. 'No vine a traeros paz, sino guerra,' dijo Jesucristo. Dios es admirable y terrible en Sus juicios; temamos que al pretender reprimir las discordias, persigamos la Palabra de Dios, y hagamos caer sobre nosotros un diluvio de irresistibles peligros, desastres presentes y desolaciones eternas.... Yo pudiera citar ejemplos sacados de la Sagrada Escritura, y hablaros de Faraón, de los reyes de Babilonia y de los de Israel, quienes jamás obraron con más eficacia para su ruina, que cuando por consejos en apariencia muy sabios, pensaban consolidar su imperio. Dios 'remueve las montañas y las derriba antes que lo perciban.' " - Ibid.
 
Lutero había hablado en alemán; se le pidió que repitiera su discurso en latín. Y aunque rendido por el primer esfuerzo, hizo lo que se le pedía y repitió su discurso en latín, con la misma energía y claridad que la primera vez. La providencia de Dios dirigió este asunto. La mente de muchos de los príncipes estaba tan cegada por el error y la superstición que la primera vez no apreciaron la fuerza de los argumentos de Lutero; pero al repetirlos el orador pudieron darse mejor cuenta de los puntos desarrollados por él.
 
Aquellos que cerraban obstinadamente los ojos para no ver la luz, resueltos ya a no aceptar la verdad, se llenaron de ira al oír las poderosas palabras de Lutero. Tan luego como hubo dejado de hablar, el que tenía que contestar en nombre de la dieta le dijo con indignación: "No has respondido a la pregunta que se te ha hecho.... Se exige de ti una respuesta clara y precisa. ¿Quieres retractarte, sí o no?"
[ pagebreak ]
El reformador contestó: "Ya que su serenísima majestad y sus altezas exigen de mí una respuesta sencilla, clara y precisa, voy a darla, y es ésta: Yo no puedo someter mi fe ni al papa ni a los concilios, porque es tan claro como la luz del día que ellos han caído muchas veces en el error así como en muchas contradicciones consigo mismos. Por lo cual, si no se me convence con testimonios bíblicos, o con razones evidentes, y si no se me persuade con los mismos textos que yo he citado, y si no sujetan mi conciencia a la Palabra de Dios, yo no puedo ni quiero retractar nada, por no ser digno de un cristiano hablar contra su conciencia. Heme aquí; no me es dable hacerlo de otro modo. ¡Que Dios me ayude! ¡Amén!" - Ibid.
 
Así se mantuvo este hombre recto en el firme fundamento de la Palabra de Dios. La luz del cielo iluminaba su rostro. La grandeza y pureza de su carácter, el gozo y la paz de su corazón eran manifiestos a todos los que le oían dar su testimonio contra el error, y veían en él esa fe que vence al mundo.
 
La asamblea entera quedó un rato muda de asombro. La primera vez había hablado Lutero en tono respetuoso y bajo, en actitud casi sumisa. Los romanistas habían interpretado todo esto como prueba evidente de que el valor empezaba a faltarle. Se habían figurado que la solicitud de un plazo para dar su contestación equivalía al preludio de su retractación. Carlos mismo, al notar no sin desprecio el hábito raído del fraile, su actitud tan llana, la sencillez de su oración, había exclamado: "Por cierto no será este monje el que me convierta en hereje." Empero el valor y la energía que esta vez desplegara, así como la fuerza y la claridad de sus argumentaciones, los dejaron a todos sorprendidos. El emperador, lleno de admiración, exclamó entonces: "El fraile habla con un corazón intrépido y con inmutable valor." Muchos de los príncipes alemanes veían con orgullo y satisfacción a este representante de su raza.
 
Los partidarios de Roma estaban derrotados; su causa ofrecía un aspecto muy desfavorable. Procuraron conservar su poderío, no por medio de las Escrituras, sino apelando a las amenazas, como lo hace siempre Roma en semejantes casos. El orador de la dieta dijo: "Si no te retractas, el emperador y los estados del imperio verán lo que debe hacerse con un hereje obstinado."
 
Los amigos de Lutero, que habían oído su noble defensa, poseídos de sincero regocijo, temblaron al oír las palabras del orador oficial; pero el doctor mismo, con toda calma, repuso: "¡Dios me ayude! porque de nada puedo retractarme." - Ibid.
 
Se indicó a Lutero que se retirase mientras los príncipes deliberaban. Todos se daban cuenta de que era un momento de gran crisis. La persistente negativa de Lutero a someterse podía afectar la historia de la iglesia por muchos siglos. Se acordó darle otra oportunidad para retractarse. Por última vez le hicieron entrar de nuevo en la sala. Se le volvió a preguntar si renunciaba a sus doctrinas. Contestó: "No tengo otra respuesta que dar, que la que he dado." Era ya bien claro y evidente que no podrían inducirle a ceder, ni de grado ni por fuerza, a las exigencias de Roma.
 
Los caudillos papales estaban acongojados porque su poder, que había hecho temblar a los reyes y a los nobles, era así despreciado por un pobre monje, y se propusieron hacerle sentir su ira, entregándole al tormento. Pero, reconociendo Lutero el peligro que corría, había hablado a todos con dignidad y serenidad cristiana. Sus palabras habían estado exentas de orgullo, pasión o falsedad. Se había perdido de vista a sí mismo y a los grandes hombres que le rodeaban, y sólo sintió que se hallaba en presencia de Uno que era infinitamente superior a los papas, a los prelados, a los reyes y a los emperadores. Cristo mismo había hablado por medio del testimonio de Lutero con tal poder y grandeza, que tanto en los amigos como en los adversarios despertó pavor y asombro. El Espíritu de Dios había estado presente en aquel concilio impresionando vivamente los corazones de los jefes del imperio. Varios príncipes reconocieron sin embozo la justicia de la causa del reformador. Muchos se convencieron de la verdad; pero en algunos la impresión no fue duradera. Otros aún hubo que en aquel momento no manifestaron sus convicciones, pero que, habiendo estudiado las Escrituras después, llegaron a ser intrépidos sostenedores de la Reforma.
 
El elector Federico había aguardado con ansiedad la comparecencia de Lutero ante la dieta y escuchó su discurso con profunda emoción. Experimentó regocijo y orgullo al presenciar el valor del fraile, su firmeza y el modo en que se mostraba dueño de sí mismo, y resolvió defenderle con mayor firmeza que antes. Comparó entre sí a ambas partes contendientes, y vio que la sabiduría de los papas, de los reyes y de los prelados había sido anulada por el poder de la verdad. El papado había sufrido una derrota que iba a dejarse sentir en todas las naciones a través de los siglos.
 
Al notar el legado el efecto que produjeran las palabras de Lutero, temió, como nunca había temido, por la seguridad del poder papal, y resolvió echar mano de todos los medios que estuviesen a su alcance para acabar con el reformador. Con toda la elocuencia y la habilidad diplomática que le distinguían en gran manera, le pintó al joven emperador la insensatez y el peligro que representaba el sacrificar, en favor de un insignificante fraile, la amistad y el apoyo de la poderosa sede de Roma.
[ pagebreak ]
Sus palabras no fueron inútiles. El día después de la respuesta de Lutero, Carlos mandó a la dieta un mensaje en que manifestaba su determinación de seguir la política de sus antecesores de sostener y proteger la religión romana. Ya que Lutero se negaba a renunciar a sus errores, se tomarían las medidas más enérgicas contra él y contra las herejías que enseñaba. "Un solo fraile, extraviado por su propia locura, se levanta contra la fe de la cristiandad. Sacrificaré mis reinos mi poder, mis amigos, mis tesoros, mi cuerpo, mi sangre, mi espíritu y mi vida para contener esta impiedad. Voy a despedir al agustino Lutero, prohibiéndole causar el más leve tumulto entre el pueblo; en seguida procederé contra él y sus secuaces, como contra herejes declarados, por medio de la excomunión de la suspensión y por todos los medios convenientes para destruirlos. Pido a los miembros de los estados que se conduzcan como fieles cristianos." - Id., cap. 9. No obstante el emperador declaró que el salvoconducto de Lutero debía ser respetado y que antes de que se pudiese proceder contra él, debía dejársele llegar a su casa sano y salvo.
 
Dos opiniones encontradas fueron entonces propuestas por los miembros de la dieta. Los emisarios y representantes del papa solicitaron que el salvoconducto del reformador fuera violado. "El Rin - decían - debe recibir sus cenizas, como recibió hace un siglo las de Juan Hus." - Ibid. Pero los príncipes alemanes, si bien papistas y enemigos jurados de Lutero, se opusieron a que se violara así la fe pública, alegando que aquello sería un baldón en el honor de la nación. Recordaron las calamidades que habían sobrevenido por la muerte de Juan Hus y declararon que ellos no se atrevían a acarrearlas a Alemania ni a su joven emperador.
 
Carlos mismo dijo, en respuesta a la vil propuesta: "Aun cuando la buena fe y la fidelidad fuesen desterradas del universo, deberían hallar refugio en el corazón de los príncipes." - Ibid. Pero los enemigos más encarnizados de Lutero siguieron hostigando al monarca para que hiciera con el reformador lo que Segismundo hiciera con Hus: abandonarle a la misericordia de la iglesia; pero Carlos V evocó la escena en que Hus, señalando las cadenas que le aherrojaban, le recordó al monarca su palabra que había sido quebrantada, y contestó: "Yo no quiero sonrojarme como Segismundo." - Lenfant, tomo 1, pág. 422.
 
Carlos empero había rechazado deliberadamente las verdades expuestas por Lutero. El emperador había declarado: "Estoy firmemente resuelto a seguir el ejemplo de mis antepasados." - D'Aubigné, lib. 7, cap. 9. Estaba decidido a no salirse del sendero de la costumbre, ni siquiera para ir por el camino de la verdad y de la rectitud. Por la razón de que sus padres lo habían sostenido, él también sostendría al papado y toda su crueldad y corrupción. De modo que se dispuso a no aceptar más luz que la que habían recibido sus padres y a no hacer cosa que ellos no hubiesen hecho.
 
Son muchos los que en la actualidad se aferran a las costumbres y tradiciones de sus padres. Cuando el Señor les envía alguna nueva luz se niegan a aceptarla porque sus padres, no habiéndola conocido, no la recibieron. No estamos en la misma situación que nuestros padres, y por consiguiente nuestros deberes y responsabilidades no son los mismos tampoco. No nos aprobará Dios si miramos el ejemplo de nuestros padres para determinar lo que es nuestro deber, en vez de escudriñar la Biblia por nosotros mismos. Nuestra responsabilidad es más grande que la de nuestros antepasados. Somos deudores por la luz que recibieron ellos y que nos entregaron como herencia, y deudores por la mayor luz que nos alumbra hoy procedente de la Palabra de Dios.
 
Cristo dijo a los incrédulos judíos: "Si yo no hubiera venido y les hubiera hablado, no hubieran tenido pecado; mas ahora no tienen excusa por su pecado." Juan 15:22. El mismo poder divino habló por boca de Lutero al emperador y a los príncipes de Alemania. Y mientras la luz resplandecía procedente de la Palabra de Dios, su Espíritu alegó por última vez con muchos de los que se hallaban en aquella asamblea. Así como Pilato, siglos antes, permitiera que el orgullo y la popularidad le cerraran el corazón para que no recibiera al Redentor del mundo; y así como el cobarde Félix rechazara el mensaje de verdad, diciendo: "Ahora vete; mas en teniendo oportunidad te llamaré," y así como el orgulloso Agripa confesara: "Por poco me persuades a ser Cristiano" Hechos 24:25; 26:28, pero rechazó el mensaje que le era enviado del cielo, así también Carlos V, cediendo a las instancias del orgullo y de la política del mundo, decidió rechazar la luz de la verdad.
 
Corrían por todas partes muchos rumores de los proyectos hostiles a Lutero y despertaban gran agitación en la ciudad. Lutero se había conquistado muchos amigos que, conociendo la traidora crueldad de Roma para con los que se atrevían a sacar a luz sus corrupciones, resolvieron evitar a todo trance que él fuese sacrificado. Centenares de nobles se comprometieron a protegerle. No pocos denunciaban públicamente el mensaje imperial como prueba evidente de humillante sumisión al poder de Roma. Se fijaron pasquines en las puertas de las casas y en las plazas públicas, unos contra Lutero y otros en su favor. En uno de ellos se leían sencillamente estas enérgicas palabras del sabio: "¡Ay de ti, oh tierra, cuyo rey es un niño!" Eclesiastés 10:16. El entusiasmo que el pueblo manifestaba en favor de Lutero en todas partes del imperio, dio a conocer a Carlos y a la dieta que si se cometía una injusticia contra él bien podrían quedar comprometidas la paz del imperio y la estabilidad del trono.
 
Federico de Sajonia observó una bien estudiada reserva, ocultando cuidadosamente sus verdaderos sentimientos para con el reformador, y al mismo tiempo lo custodiaba con incansable vigilancia, observando todos sus movimientos y los de sus adversarios. Pero había muchos que no se cuidaban de ocultar su simpatía hacia Lutero. Era éste visitado por príncipes, condes, barones y otras personas de distinción, clérigos y laicos. "El pequeño cuarto del doctor - escribía Spalatino - no podía contener a todos los que acudían a verle." - Martyn, tomo 1, pág. 404. El pueblo le miraba como si fuese algo más que humano. Y aun los que no creían en sus enseñanzas, no podían menos que admirar en él la sublime integridad que le hacía desafiar la muerte antes que violar los dictados de su conciencia.
[ pagebreak ]
Se hicieron esfuerzos supremos para conseguir que Lutero consintiera en transigir con Roma. Príncipes y nobles le manifestaron que si persistía en sostener sus opiniones contra la iglesia y los concilios, pronto se le desterraría del imperio y entonces nadie le defendería. A esto respondió el reformador: "El Evangelio de Cristo no puede ser predicado sin escándalo. . . . ¿Cómo es posible que el temor o aprensión de los peligros me desprenda del Señor y de Su Palabra divina, que es la única verdad? ¡No; antes daré mi cuerpo, mi sangre y mi vida!" - D'Aubigné, lib. 7, cap. 10.
 
Se le instó nuevamente a someterse al juicio del emperador, pues entonces no tendría nada que temer. "Consiento de veras  - dijo - en que el emperador, los príncipes y aun los más humildes cristianos, examinen y juzguen mis libros; pero bajo la condición de que tomarán por norma la Sagrada Escritura. Los hombres no tienen más que someterse a ella. Mi conciencia depende de ella, y soy esclavo de su observancia." - Ibid.
 
En respuesta a otra instancia, dijo: "Consiento en renunciar al salvoconducto. Abandono mi persona y mi vida entre las manos del emperador, pero la Palabra de Dios, ¡nunca!" - Ibid. Expresó que estaba dispuesto a someterse al fallo de un concilio general, pero con la condición expresa de que el concilio juzgara según las Escrituras. "En lo que se refiere a la Palabra de Dios y a la fe - añadió - cada cristiano es tan buen juez como el mismo papa secundado por un millón de concilios." - Martyn, tomo 1 pág. 410. Finalmente los amigos y los enemigos de Lutero se convencieron de que todo esfuerzo encaminado a una reconciliación sería inútil.
 
Si el reformador hubiera cedido en un solo punto, Satanás y sus ejércitos habrían ganado la victoria. Pero la inquebrantable firmeza de él fue el medio de emancipar a la iglesia y de iniciar una era nueva y mejor. La influencia de este solo hombre que se atrevió a pensar y a obrar por sí mismo en materia de religión, iba a afectar a la iglesia y al mundo, no sólo en aquellos días sino en todas las generaciones futuras. Su fidelidad y su firmeza fortalecerían la resolución de todos aquellos que, a través de los tiempos, pasaran por experiencia semejante. El poder y la majestad de Dios prevalecieron sobre los consejos de los hombres y sobre el gran poder de Satanás.
 
Pronto recibió Lutero orden del emperador de volver al lugar de su residencia, y comprendió que aquello era un síntoma precursor de su condenación. Nubes amenazantes se cernían sobre su camino, pero, al salir de Worms, su corazón rebosaba de alegría y de alabanza. "El mismo diablo - dijo él  - custodiaba la ciudadela del papa; mas Cristo abrió en ella una ancha brecha y Satanás vencido se vio precisado a confesar que el Señor es más poderoso que él." - D'Aubigné, lib. 7, cap. 11.
 
Después de su partida, deseoso aún de manifestar que su firmeza no había que tomarla por rebelión, escribió Lutero al emperador, diciendo entre otras cosas: "Dios, que es el que lee en el interior de los corazones, me es testigo de que estoy pronto a obedecer con diligencia a vuestra majestad, así en lo próspero como en lo adverso; ya por la vida, ya por la muerte; exceptuando sólo la Palabra de Dios por la que el hombre existe. En todas las cosas relativas al tiempo presente, mi fidelidad será perenne, puesto que en la tierra ganar o perder son cosas indiferentes a la salvación. Pero Dios prohíbe que en las cosas concernientes a los bienes eternos, el hombre se someta al hombre. En el mundo espiritual la sumisión es un culto verdadero que no debe rendirse sino al Creador." - Ibid.
 
En su viaje de regreso fue recibido en los pueblos del tránsito con más agasajos que los que se le tributaran al ir a Worms. Príncipes de la iglesia daban la bienvenida al excomulgado monje, y gobernantes civiles tributaban honores al hombre a quien el monarca había despreciado. Se le instó a que predicase, y a despecho de la prohibición imperial volvió a ocupar el púlpito. Dijo: "Nunca me comprometí a encadenar la Palabra de Dios, y nunca lo haré." - Martyn, tomo 1, pág. 420.
 
No hacía mucho que el reformador dejara a Worms cuando los papistas consiguieron que el emperador expidiera contra él un edicto en el cual se le denunciaba como "el mismo Satanás bajo la figura humana y envuelto con hábito de fraile." - D'Aubigné, lib. 7, cap. 11. Se ordenaba que tan pronto como dejara de ser valedero su salvoconducto, se tomaran medidas para detener su obra. Se prohibía guarecerle, suministrarle alimento, bebida o socorro alguno, con obras o palabras, en público o en privado. Debía apresársele en cualquier parte donde se le hallara y entregársele a las autoridades. Sus adeptos debían ser encarcelados también y sus bienes confiscados. Los escritos todos de Lutero debían ser destruídos y, finalmente, cualquiera que osara obrar en contradicción con el decreto quedaba incluido en las condenaciones del mismo. El elector de Sajonia y los príncipes más adictos a Lutero habían salido ya de Worms, y el decreto del emperador recibió la sanción de la dieta. Los romanistas no cabían de gozo. Consideraban que la suerte de la Reforma estaba ya sellada.
 
Pero Dios había provisto un medio de escape para su siervo en aquella hora de peligro. Un ojo vigilante había seguido los movimientos de Lutero y un corazón sincero y noble se había resuelto a ponerle a salvo. Fácil era echar de ver que Roma no había de quedar satisfecha sino con la muerte del reformador y sólo ocultándose podía éste burlar las garras del león. Dios dio sabiduría a Federico de Sajonia para idear un plan que salvara la vida de Lutero. Ayudado por varios amigos verdaderos se llevó a cabo el propósito del elector, y Lutero fue efectivamente sustraído a la vista de amigos y enemigos. Mientras regresaba a su residencia, se vio rodeado de repente, separado de sus acompañantes y llevado por fuerza a través de los bosques al castillo de Wartburg, fortaleza que se alzaba sobre una montaña aislada. Tanto su secuestro como su escondite fueron rodeados de tanto misterio, que Federico mismo por mucho tiempo no supo dónde se hallaba el reformador. Esta ignorancia tenía un propósito, pues mientras el elector no conociera el paradero del reformador, no podía revelar nada. Se aseguró de que Lutero estuviera protegido, y esto le bastaba.
 
Pasaron así la primavera, el verano y el otoño, y llegó el invierno, y Lutero seguía aún secuestrado. Ya exultaban Aleandro y sus partidarios al considerar casi apagada la luz del Evangelio. Pero, en vez de ser esto así, el reformador estaba llenando su lámpara en los almacenes de la verdad y su luz iba a brillar con deslumbrantes fulgores.
[ pagebreak ]
En la amigable seguridad que disfrutaba en la Wartburg congratulábase Lutero por haber sido sustraído por algún tiempo al calor y al alboroto del combate. Pero no podía encontrar satisfacción en prolongado descanso. Acostumbrado a la vida activa y al rudo combate, no podía quedar mucho tiempo ocioso. En aquellos días de soledad, tenía siempre presente la situación de la iglesia, y exclamaba desesperado: "¡Ay! ¡y que no haya nadie en este último día de su ira, que quede en pie delante del Señor como un muro, para salvar a Israel!" - Id., lib. 9, cap. 2. También pensaba en sí mismo y tenía miedo de ser tachado de cobardía por haber huido de la lucha. Se reprochaba su indolencia y la indulgencia con que se trataba a sí mismo. Y no obstante esto, estaba haciendo diariamente más de lo que hubiera podido hacer un hombre solo. Su pluma no permanecía nunca ociosa. En el momento en que sus enemigos se lisonjeaban de haberle acallado, los asombraron y confundieron las pruebas tangibles de su actividad. Un sinnúmero de tratados, provenientes de su pluma, circulaban por toda Alemania. También prestó entonces valioso servicio a sus compatriotas al traducir al alemán el Nuevo Testamento. Desde su Patmos perdido entre riscos siguió casi un año proclamando el Evangelio y censurando los pecados y los errores de su tiempo.
 
Pero no fue únicamente para preservar a Lutero de la ira de sus enemigos, ni para darle un tiempo de descanso en el que pudiese hacer estos importantes trabajos, para lo que Dios separó a Su siervo del escenario de la vida pública. Había otros resultados más preciosos que alcanzar. En el descanso y en la obscuridad de su montaña solitaria, quedó Lutero sin auxilio humano y fuera del alcance de las alabanzas y de la admiración de los hombres. Así fue salvado del orgullo y de la confianza en sí mismo, que a menudo son frutos del éxito. Por medio del sufrimiento y de la humillación fue preparado para andar con firmeza en las vertiginosas alturas adonde había sido llevado de repente.
 
A la vez que los hombres se regocijan en la libertad que les da el conocimiento de la verdad, se sienten inclinados a ensalzar a aquellos de quienes Dios se ha valido para romper las cadenas de la superstición y del error. Satanás procura distraer de Dios los pensamientos y los afectos de los hombres y hacer que se fijen en los agentes humanos; induce a los hombres a dar honra al mero instrumento, ocultándole la Mano que dirige todos los sucesos de la providencia. Con demasiada frecuencia acontece que los maestros religiosos así alabados y reverenciados, pierden de vista su dependencia de Dios y sin sentirlo empiezan a confiar en sí mismos. Resulta entonces que quieren gobernar el espíritu y la conciencia del pueblo, el cual está dispuesto a considerarlos como guías en vez de mirar a la Palabra de Dios. La obra de reforma ve así frenada su marcha por el espíritu que domina a los que la sostienen. Dios quiso evitar este peligro a la Reforma. Quiso que esa obra recibiese, no la marca de los hombres, sino la impresión de Dios. Los ojos de los hombres estaban fijos en Lutero como en el expositor de la verdad; pero él fue arrebatado de en medio de ellos para que todas las miradas se dirigieran al eterno Autor de la verdad.
 
LA IMPORTANCIA DE LA ORACION
 
"Orad sin cesar." 1.Tesalonicenses 5:17
 
"Mi Dios, pues, suplirá toda necesidad vuestra, conforme a su gloriosa riqueza en Cristo Jesús." Filipenses 4:19
 
"Pedid, y os darán; buscad, y hallaréis; llamad, y os abrirán. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abren." Mateo 7:7-8
 
"Sin fe es imposible agradar a Dios, porque el que se acerca a Dios, necesita creer que existe, y que recompensa a quien lo busca." Hebreos 11:6
 
"El que no eximió ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él gratuitamente, todas las cosas?" Romanos 8:32
 
"Si alguno necesita sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos generosamente, y sin reprochar, y le será dada." Santiago 1:5
 
"Pero pida con fe, sin dudar; porque el que duda es semejante a la ola del mar," Santiago 1:6
 
"El que aparta su oído para no oír la Ley, hasta su oración es abominable." Proverbios 28:9
 
"Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que maltratan y persiguen." Mateo 5:44
 
"Y cuando estéis orando, si tenéis algo contra alguien, perdonadlo, para que vuestro Padre que está en los cielos, perdone también vuestras ofensas." Marcos 11:25
 
"Mas el fin de todas las cosas se acerca: sed pues templados, y velad en oración." 1.Pedro 4:7
 
"Mas los que esperan á Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas, correrán, y no se cansarán, caminarán, y no se fatigarán." Isaías 40:31.
 
"Velad pues, orando en todo tiempo, que seáis tenidos por dignos de evitar todas estas cosas que han de venir, y de estar en pie delante del Hijo del hombre." Lucas 21:36
 
----------------------------------------
 
 
Capítulo 11
 
UNO de los testimonios más nobles dados en favor de la Reforma, fue la protesta presentada por los príncipes cristianos de Alemania, ante la dieta de Spira, el año 1529. El valor, la fe y la entereza de aquellos hombres de Dios, aseguraron para las edades futuras la libertad de pensamiento y la libertad de conciencia. Esta protesta dio a la iglesia reformada el nombre de protestante; y sus principios son "la verdadera esencia del protestantismo." - D'Aubigné, lib. 13, cap. 6.
[ pagebreak ]
Había llegado para la causa de la Reforma un momento sombrío y amenazante. A despecho del edicto de Worms, que colocaba a Lutero fuera de la ley, y prohibía enseñar o creer sus doctrinas, la tolerancia religiosa había prevalecido en el imperio. La providencia de Dios había contenido las fuerzas que se oponían a la verdad. Esforzábase Carlos V por aniquilar la Reforma, pero muchas veces, al intentar dañarla, se veía obligado a desviar el golpe. Vez tras vez había parecido inevitable la inmediata destrucción de los que se atrevían a oponerse a Roma; pero, en el momento crítico, aparecían los ejércitos de Turquía en las fronteras del oriente, o bien el rey de Francia o el papa mismo, celosos de la grandeza del emperador, le hacían la guerra; y de esta manera, entre el tumulto y las contiendas de las naciones la Reforma había podido extenderse y fortalecerse.
 
Por último, los soberanos papistas pusieron tregua a sus disputas para hacer causa común contra los reformadores. En 1526, la dieta de Spira había concedido a cada estado plena libertad en asuntos religiosos, hasta tanto que se reuniese un concilio general; pero en cuanto desaparecieron los peligros que imponían esta concesión el emperador convocó una segunda dieta en Spira, para 1529, con el fin de aplastar la herejía. Quería inducir a los príncipes, en lo posible, por medios pacíficos, a que se declararan contra la Reforma, pero si no lo conseguía por tales medios, Carlos estaba dispuesto a echar mano de la espada.
 
Los papistas se consideraban triunfantes. Se presentaron en gran número en Spira y manifestaron abiertamente sus sentimientos hostiles para con los reformadores y para con todos los que los favorecían. Decía Melanchton: "Nosotros somos la escoria y la basura del mundo, mas Dios proveerá para sus pobres hijos y cuidará de ellos." - Id., cap. 5. A los príncipes evangélicos que asistieron a la dieta se les prohibió que se predicara el Evangelio en sus residencias. Pero la gente de Spira estaba sedienta de la Palabra de Dios y, no obstante dicha prohibición, miles acudían a los cultos que se celebraban en la capilla del elector de Sajonia.
 
Esto precipitó la crisis. Una comunicación imperial anunció a la dieta que habiendo originado graves desórdenes la autorización que concedía la libertad de conciencia, el emperador mandaba que fuese suprimida. Este acto arbitrario excitó la indignación y la alarma de los cristianos evangélicos. Uno de ellos dijo: "Cristo ha caído de nuevo en manos de Caifás y de Pilato." Los romanistas se volvieron más intransigentes. Un fanático papista dijo: "Los turcos son mejores que los luteranos; porque los turcos observan días de ayuno mientras que los luteranos los profanan. Si hemos de escoger entre las Sagradas Escrituras de Dios y los antiguos errores de la iglesia, tenemos que rechazar aquéllas." Melanchton decía: "Cada día, Faber, en plena asamblea, arroja una piedra más contra los evangélicos." - Ibid.
 
La tolerancia religiosa había sido implantada legalmente, y los estados evangélicos resolvieron oponerse a que sus derechos fueran pisoteados. A Lutero, todavía condenado por el edicto de Worms, no le era permitido presentarse en Spira, pero le representaban sus colaboradores y los príncipes que Dios había suscitado en defensa de su causa en aquel trance. El ilustre Federico de Sajonia, antiguo protector de Lutero, había sido arrebatado por la muerte, pero el duque Juan, su hermano y sucesor, había saludado la Reforma con gran gozo, y aunque hombre de paz no dejó de desplegar gran energía y celo en todo lo que se relacionaba con los intereses de la fe.
 
Los sacerdotes exigían que los estados que habían aceptado la Reforma se sometieran implícitamente a la jurisdicción de Roma. Por su parte, los reformadores reclamaban la libertad que previamente se les había otorgado. No podían consentir en que Roma volviera a tener bajo su dominio los estados que habían recibido con tanto regocijo la Palabra de Dios.
 
Finalmente se propuso que en los lugares donde la Reforma no había sido establecida, el edicto de Worms se aplicara con todo rigor, y que "en los lugares donde el pueblo se había apartado de él y donde no se le podría hacer conformarse a él sin peligro de levantamiento, por lo menos no se introdujera ninguna nueva reforma, no se predicara sobre puntos que se prestaran a disputas, no se hiciera oposición a la celebración de la misa, ni se permitiera que los católicos romanos abrazaran las doctrinas de Lutero." - Ibid. La dieta aprobó esta medida con gran satisfacción de los sacerdotes y prelados del papa.
 
Si se aplicaba este edicto, "la Reforma no podría extenderse . . . en los puntos adonde no había llegado todavía, ni podría siquiera afirmarse . . . en los países en que se había extendido." - Ibid. Quedaría suprimida la libertad de palabra y no se tolerarían más conversiones. Y se exigía a los amigos de la Reforma que se sometieran inmediatamente a estas restricciones y prohibiciones. Las esperanzas del mundo parecían estar a punto de extinguirse. "El restablecimiento de la jerarquía papal . . . volvería a despertar inevitablemente los antiguos abusos," y sería fácil hallar ocasión de "acabar con una obra que ya había sido atacada tan violentamente" por el fanatismo y la disensión. (Ibid.)
 
Cuando el partido evangélico se reunió para conferenciar, los miembros se miraban unos a otros con manifiesto desaliento. Todos se preguntaban unos a otros: "¿Qué hacer?" Estaban en juego grandes consecuencias para el porvenir del mundo. "¿Debían someterse los jefes de la Reforma y acatar el edicto? ¡Cuán fácil hubiera sido para los reformadores en aquella hora, angustiosa en extremo, tomar por un sendero errado! ¡Cuántos excelentes pretextos y hermosas razones no hubieran podido alegar para presentar como necesaria la sumisión! A los príncipes luteranos se les garantizaba el libre ejercicio de su culto. El mismo favor se hacía extensivo a sus súbditos que con anterioridad al edicto hubiesen abrazado la fe reformada. ¿No podían contentarse con esto? ¡De cuántos peligros no les libraría su sumisión! ¡A cuántos sinsabores y conflictos no les iba a exponer su oposición ! ¿Quién sabía qué oportunidades no les traería el porvenir? Abracemos la paz; aceptemos el ramo de olivo que nos brinda Roma, y restañemos las heridas de Alemania. Con argumentos como éstos hubieran podido los reformadores cohonestar su sumisión y entrar en el sendero que infaliblemente y en tiempo no lejano, hubiera dado al traste con la Reforma.
[ pagebreak ]
"Afortunadamente, consideraron el principio sobre el cual estaba basado el acuerdo, y obraron por fe. ¿Cuál era ese principio? Era el derecho de Roma de coartar la libertad de conciencia y prohibir la libre investigación. Pero ¿no había quedado estipulado que ellos y sus súbditos protestantes gozarían libertad religiosa? - Sí, pero como un favor, consignado en el acuerdo, y no como un derecho. En cuanto a aquellos a quienes no alcanzaba la disposición, los había de regir el gran principio de autoridad; la conciencia no contaba para nada; Roma era el juez infalible a quien habría que obedecer. Aceptar semejante convenio hubiera equivalido a admitir que la libertad religiosa debía limitarse a la Sajonia reformada; y en el resto de la cristiandad la libre investigación y la profesión de fe reformada serían entonces crímenes dignos del calabozo o del patíbulo. ¿Se resignarían ellos a ver así localizada la libertad religiosa? ¿Declararían con esto que la Reforma había hecho ya su último convertido y conquistado su última pulgada de terreno? ¿Y que en las regiones donde Roma dominaba, su dominio se perpetuaría? ¿Podrían los reformadores declararse inocentes de la sangre de los centenares y miles de luchadores que, perseguidos por semejante edicto, tendrían que sucumbir en los países dominados por el papa? Esto hubiera sido traicionar en aquella hora suprema la causa del Evangelio y las libertades de la cristiandad" - Wylie, lib. 9, cap. 15. Más bien "lo sacrificarían ellos todo hasta sus posesiones, sus títulos y sus propias vidas." - D'Aubigné, lib. 13 cap. 5.
 
"Rechacemos este decreto - dijeron los príncipes. - En asuntos de conciencia la mayoría no tiene poder." Declararon los diputados: "Es al decreto de 1526 al que debemos la paz de que disfruta el imperio: su abolición llenaría a Alemania de disturbios y facciones. Es incompetente la dieta para hacer más que conservar la libertad religiosa hasta tanto que se reúna un concilio general." - Ibid. Proteger la libertad de conciencia es un deber del estado, y es el límite de su autoridad en materia de religión. Todo gobierno secular que intenta regir las observancias religiosas o imponerlas por medio de la autoridad civil sacrifica precisamente el principio por el cual lucharon tan noblemente los cristianos evangélicos.
 
Los papistas resolvieron concluir con lo que llamaban una "atrevida obstinación." Para principiar, procuraron sembrar disensiones entre los que sostenían la causa de la Reforma e intimidar a quienes todavía no se habían declarado abiertamente por ella. Los representantes de las ciudades libres fueron citados a comparecer ante la dieta y se les exigió que declarasen si accederían a las condiciones del edicto. Pidieron ellos que se les diera tiempo para contestar, lo que no les fue concedido. Al llegar el momento en que cada cual debía dar su opinión personal, casi la mitad de los circunstantes se declararon por los reformadores. Los que así se negaron a sacrificar la libertad de conciencia y el derecho de seguir su juicio individual, harto sabían que su actitud les acarrearía las críticas, la condenación y la persecución. Uno de los delegados dijo: "Debemos negar la Palabra de Dios, o ser quemados." - Ibid.
 
El rey Fernando, representante del emperador ante la dieta, vio que el decreto causaría serios disturbios, a menos que se indujese a los príncipes a aceptarlo y apoyarlo. En vista de esto, apeló al arte de la persuasión, pues sabía muy bien que emplear la fuerza contra semejantes hombres no tendría otro resultado que confirmarlos más en sus resoluciones. "Suplicó a los príncipes que aceptasen el decreto, asegurándoles que este acto llenaría de regocijo al emperador." Pero estos hombres leales reconocían una autoridad superior a todos los gobernantes de la tierra, y contestaron con toda calma: "Nosotros obedeceremos al emperador en todo aquello que contribuya a mantener la paz y la gloria de Dios." - Ibid.
 
Finalmente manifestó el rey al elector y a sus amigos en presencia de la dieta que el edicto "iba a ser promulgado como decreto imperial," y que "lo único que les quedaba era someterse a la decisión de la mayoría." Y habiéndose expresado así, salió de la asamblea, sin dar oportunidad a los reformadores para discutir o replicar. "En vano éstos le mandaron mensajeros para instarle a que volviera." A las súplicas de ellos, sólo contestó: "Es asunto concluido; no queda más que la sumisión." - Ibid .
 
El partido imperial estaba convencido de que los príncipes cristianos se aferrarían a las Santas Escrituras como a algo superior a las doctrinas y a los mandatos de los hombres; sabía también que allí donde se adoptara esta actitud, el papado sería finalmente derrotado. Pero, como lo han hecho millares desde entonces, mirando "las cosas que se ven," se lisonjeó de que la causa del emperador y del papa quedaba firme, y muy débil la de los reformadores. Si éstos sólo hubieran dependido del auxilio humano, habrían resultado tan impotentes como los suponían los papistas. Pero aunque débiles en número, y en desacuerdo con Roma, tenían fuerza. Apelaban "de las decisiones de la dieta a la Palabra de Dios, y del emperador Carlos a Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores." - Id., cap. 6.
 
Como Fernando se negara a tener en cuenta las convicciones de los príncipes, decidieron éstos no hacer caso de su ausencia, sino presentar sin demora su protesta ante el concilio nacional. Formulóse en consecuencia la siguiente declaración que fue presentada a la dieta:
 
"Protestamos por medio de este manifiesto, ante Dios, nuestro único Creador, Conservador, Redentor y Salvador, y que un día será nuestro Juez, como también ante todos los hombres y todas las criaturas, y hacemos presente, que nosotros, en nuestro nombre, y por nuestro pueblo, no daremos nuestro consentimiento ni nuestra adhesión de manera alguna al propuesto decreto, en todo aquello que sea contrario a Dios a su santa Palabra, a los derechos de nuestra conciencia, y a la salvación de nuestras almas."
 
"¡Cómo! ¿Ratificar nosotros este edicto? No podemos admitir que cuando el Dios Todopoderoso llame a un hombre a su conocimiento, no se le permita abrazar este conocimiento divino." "No hay doctrina verdadera sino la que esté conforme con la Palabra de Dios.... El Señor prohíbe la enseñanza de cualquiera otra doctrina.... Las Santas Escrituras deberían explicarse con otros textos más claros; . . . este santo Libro es, en todo cuanto es necesario al cristiano, de fácil interpretación, y propio para suministrar luces. Estamos resueltos, por la gracia divina, a mantener la predicación pura y exclusiva de la Palabra de Dios sola, tal como la contienen los libros bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamentos, sin alteraciones de ninguna especie. Esta Palabra es la única verdad; es la regla segura de toda doctrina y de toda vida, y no puede faltar ni engañarnos. El que edifica sobre este fundamento estará firme contra todos los poderes del infierno, mientras que cuanta vanidad se le oponga caerá delante de Dios."
[ pagebreak ]
"Por tanto, rechazamos el yugo que se nos impone." "Al mismo tiempo esperamos que su majestad imperial se portará con nosotros como príncipe cristiano que ama a Dios sobre todas las cosas, y declaramos que estamos dispuestos a prestarle a él lo mismo que a vosotros, graciosos y dignísimos señores, todo el afecto y la obediencia que creemos deberos en justicia." - Ibid.
 
Este acto produjo honda impresión en el ánimo de la dieta. La mayoría de ella se sorprendió y alarmó ante el arrojo de los que suscribían semejante protesta. El porvenir se presentaba incierto y proceloso. Las disensiones, las contiendas y el derramamiento de sangre parecían inevitables. Pero los reformadores, firmes en la justicia de su causa, y entregándose en brazos del Omnipotente, se sentían "fuertes y animosos."
 
"Los principios contenidos en esta célebre protesta . . . constituyen la esencia misma del protestantismo. Ahora bien, esta protesta se opone a dos abusos del hombre en asuntos de fe: el primero es la intervención del magistrado civil, y el segundo la autoridad arbitraria de la iglesia. En lugar de estos dos abusos, el protestantismo sobrepone la autoridad de la conciencia a la del magistrado, y la de la Palabra de Dios a la de la iglesia visible. En primer lugar, niega la competencia del poder civil en asuntos de religión y dice con los profetas y apóstoles: 'Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres.' A la corona de Carlos V sobrepone la de Jesucristo. Es más: sienta el principio de que toda enseñanza humana debe subordinarse a los oráculos de Dios." - Ibid. Los protestantes afirmaron además el derecho que les asistía para expresar libremente sus convicciones tocante a la verdad. Querían no solamente creer y obedecer, sino también enseñar lo que contienen las Santas Escrituras, y negaban el derecho del sacerdote o del magistrado para intervenir en asuntos de conciencia. La protesta de Spira fue un solemne testimonio contra la intolerancia religiosa y una declaración en favor del derecho que asiste a todos los hombres para adorar a Dios según les dicte la conciencia.
 
El acto estaba consumado. Grabado quedaba en la memoria de millares de hombres y consignado en las crónicas del cielo, de donde ningún esfuerzo humano podía arrancarlo. Toda la Alemania evangélica hizo suya la protesta como expresión de su fe. Por todas partes la consideraban como prenda de una era nueva y más halagüeña. Uno de los príncipes expresóse así ante los protestantes de Spira: "Que el Todopoderoso, que os ha concedido gracia para que le confeséis enérgicamente, con libertad y denuedo, se digne conservaros en esta firmeza cristiana hasta el día de la eternidad." - Ibid.
 
Si la Reforma, después de alcanzado tan notable éxito, hubiese contemporizado con el mundo para contar con su favor, habría sido infiel a Dios y a sí misma, y hubiera labrado su propia ruina. La experiencia de aquellos nobles reformadores encierra una lección para todas las épocas venideras. No ha cambiado en nada el modo en que trabaja Satanás contra Dios y contra Su Palabra; se opone hoy tanto como en el siglo XVI a que las Escrituras sean reconocidas como guía de la vida. En la actualidad los hombres se han alejado mucho de sus doctrinas y preceptos, y se hace muy necesario volver al gran principio protestante: la Biblia, únicamente la Biblia, como regla de la fe y del deber. Satanás sigue valiéndose de todos los medios de que dispone para destruir la libertad religiosa. El mismo poder anticristiano que rechazaron los protestantes de Spira procura ahora, con redoblado esfuerzo, restablecer su perdida supremacía. La misma adhesión incondicional a la Palabra de Dios que se manifestó en los días tan críticos de la Reforma del siglo XVI, es la única esperanza de una reforma en nuestros días.
 
Aparecieron señales precursoras de peligros para los protestantes, juntamente con otras indicadoras de que la mano divina protegía a los fieles. Por aquel entonces fue cuando "Melanchton llevó como a escape a su amigo Simón Gryneo por las calles de Spira, rumbo al Rin, y le instó a que cruzase el río sin demora. Admirado Gryneo, deseaba saber el motivo de tan repentina fuga. Contestóle Melanchton: 'Un anciano de aspecto augusto y venerable, pero que me es desconocido, se me apareció y me dio la noticia de que en un minuto los agentes de la justicia iban a ser despachados por Fernando para arrestar a Gryneo.'"
 
Durante el día, Gryneo se había escandalizado al oír un sermón de Faber, eminente doctor papista, y al fin de él le reconvino por haber defendido "ciertos errores detestables." "Faber disimuló su enojo, pero inmediatamente se dirigió al rey y obtuvo de él una orden de arresto contra el importuno profesor de Heidelberg. A Melanchton no le cabía duda de que Dios había salvado a su amigo enviando a uno de los santos ángeles para avisarle del peligro.
 
Melanchton permaneció en la ribera del río hasta que las aguas mediaran entre su amado amigo y aquellos que le buscaban para quitarle la vida. Así que le vio en salvo, en la ribera opuesta, exclamó: 'Ya está fuera del alcance de las garras de los que tienen sed de sangre inocente.' De regreso en su casa, se le dijo a Melanchton que unos emisarios habían estado buscando a Gryneo y registrándolo todo de arriba abajo." - Ibid.
 
La Reforma debía alcanzar mayor preeminencia ante los poderosos de la tierra. El rey Fernando se había negado a oír a los príncipes evangélicos, pero iban a tener éstos la oportunidad de presentar su causa ante el emperador y ante la asamblea de los dignatarios del estado y de la iglesia. Para calmar las disensiones que perturbaban al imperio, Carlos V, un año después de la protesta de Spira, convocó una dieta en Augsburgo, manifestando que él mismo la presidiría en persona. Y a ella fueron convocados los jefes de la causa protestante.
[ pagebreak ]
Grandes peligros amenazaban a la Reforma; pero sus defensores confiaron su causa a Dios, y se comprometieron a permanecer firmes y fieles al Evangelio. Los consejeros del elector de Sajonia le instaron a que no compareciera ante la dieta. Decían ellos que el emperador pedía la presencia de los príncipes para atraerlos a una trampa. "¿No era arriesgarlo todo, eso de encerrarse dentro de los muros de una ciudad, a merced de un poderoso enemigo?" Otros en cambio decían: "Si los príncipes se portan con valor, la causa de Dios está salvada." "Fiel es Dios y nunca nos abandonará," decía Lutero. (Id., lib. 14, cap. 2.) El elector y su comitiva se encaminaron a Augsburgo. Todos conocían el peligro que les amenazaba, y muchos seguían adelante con triste semblante y corazón turbado. Pero Lutero, que los acompañara hasta Coburgo, reanimó su débil fe cantando el himno escrito en el curso de aquel viaje: "Castillo fuerte es nuestro Dios." Muchos lúgubres presentimientos se desvanecieron y muchos corazones apesadumbrados sintieron alivio, al oír las inspiradas estrofas.
 
Los príncipes reformados habían resuelto redactar una exposición sistemática de sus opiniones, con pruebas de las Santas Escrituras, y presentarla a la dieta; y la preparación de ella fue encomendada a Lutero, Melanchton y sus compañeros. Esta confesión fue aceptada por los protestantes como expresión genuina de su fe, y se reunieron para firmar tan importante documento. Fue ésta una ocasión solemne y decisiva. Estaban muy deseosos los reformadores de que su causa no se confundiera con los asuntos políticos, y creían que la Reforma no debía ejercer otra influencia que la que procede de la Palabra de Dios. Cuando los príncipes cristianos se adelantaron a firmar la confesión, Melanchton se interpuso, diciendo: "A los teólogos y a los ministros es a quienes corresponde proponer estas cosas; reservemos para otros asuntos la autoridad de los poderosos de esta tierra." "No permita Dios - replicó Juan de Sajonia - que sea yo excluido. Estoy resuelto a cumplir con mi deber, sin preocuparme de mi corona. Deseo confesar al Señor. Mi birrete y mi toga de elector no me son tan preciosos como la cruz de Cristo." Habiendo dicho esto, firmó. Otro de los príncipes, al tomar la pluma para firmar, dijo: "Si la honra de mi Señor Jesucristo lo requiere, estoy listo ... para sacrificar mis bienes y mi vida." "Preferiría dejar a mis súbditos, mis estados y la tierra de mis padres, para irme bordón en mano - prosiguió diciendo, - antes que recibir otra doctrina que la contenida en esta confesión." - Id., cap. 6. Tal era la fe y el arrojo de aquellos hombres de Dios.
 
Llegó el momento señalado para comparecer ante el emperador. Carlos V, sentado en su trono, rodeado de los electores y los príncipes, dio audiencia a los reformadores protestantes. Dióse lectura a la confesión de fe de éstos. Fueron presentadas con toda claridad las verdades del Evangelio ante la augusta asamblea, y señalados los errores de la iglesia papal. Con razón fue llamado aquel día "el día más grande de la Reforma y uno de los más gloriosos en la historia del cristianismo y de la humanidad." - Id., cap. 7.
 
Hacía apenas unos cuantos años que el monje de Wittenberg se presentara solo en Worms ante el concilio nacional; y ahora, en vez de él veíanse los más nobles y poderosos príncipes del imperio. A Lutero no se le había permitido comparecer en Augsburgo, pero estaba presente por sus palabras y por sus oraciones. "Me lleno de gozo - escribía, - por haber llegado hasta esta hora en que Cristo ha sido ensalzado públicamente por tan ilustres confesores y en tan gloriosa asamblea." -Ibid. Así se cumplió lo que dicen las Sagradas Escrituras: "Hablaré de tus testimonios delante de los reyes." Salmo 119:46.
 
En tiempo de Pablo, el Evangelio, por cuya causa se le encarceló, fue presentado así a los príncipes y nobles de la ciudad imperial. Igualmente, en Augsburgo, lo que el emperador había prohibido que se predicase desde el púlpito se proclamó en el palacio. Lo que había sido estimado aun indigno de ser escuchado por los sirvientes, era escuchado con admiración por los amos y señores del imperio. El auditorio se componía de reyes y de nobles, los predicadores eran príncipes coronados, y el sermón era la verdad real de Dios. "Desde los tiempos apostólicos - dice un escritor, - no hubo obra tan grandiosa, ni tan inmejorable confesión." - Ibid.
 
"Cuanto ha sido dicho por los luteranos, es cierto, y no lo podemos negar," declaraba un obispo papista. "¿Podéis refutar con buenas razones la confesión hecha por el elector y sus aliados?" preguntaba otro obispo al doctor Eck. "Sí, lo puedo - respondía, - pero no con los escritos de los apóstoles y los profetas, sino con los concilios y con los escritos de los padres." "Comprendo - repuso el que hacía la pregunta. - Según su opinión, los luteranos están basados en las Escrituras, en tanto que nosotros estamos fuera de ellas." - Id., cap. 8.
 
Varios príncipes alemanes fueron convertidos a la fe reformada, y el mismo emperador declaró que los artículos protestantes contenían la verdad. La confesión fue traducida a muchos idiomas y circuló por toda Europa, y en las generaciones subsiguientes millones la aceptaron como expresión de su fe.
 
Los fieles siervos de Dios no trabajaban solos. Mientras que los principados y potestades de los espíritus malos se ligaban contra ellos, el Señor no desamparaba a Su pueblo. Si sus ojos hubieran podido abrirse habrían tenido clara evidencia de la presencia y el auxilio divinos, que les fueron concedidos como a los profetas en la antigüedad. Cuando el siervo de Eliseo mostró a su amo las huestes enemigas que los rodeaban sin dejarles cómo escapar, el profeta oró: "Ruégote, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea." 2 Reyes 6:17. Y he aquí el monte estaba lleno de carros y caballos de fuego: el ejército celestial protegía al varón de Dios. Del mismo modo, había ángeles que cuidaban a los que trabajaban en la causa de la Reforma.
[ pagebreak ]
Uno de los principios que sostenía Lutero con más firmeza, era que no se debía acudir al poder secular para apoyar la Reforma, ni recurrir a las armas para defenderla. Se alegraba de la circunstancia de que los príncipes del imperio confesaran el Evangelio; pero cuando estos mismos príncipes intentaron unirse en una liga defensiva, declaró que "la doctrina del Evangelio debía ser defendida solamente por Dios....Cuanto menos interviniesen los hombres en esta obra, más notable sería la intervención de Dios en su favor. Todas las precauciones políticas propuestas, eran, según su modo de ver, hijas de un temor indigno y de una desconfianza pecaminosa." - Id., lib. 10, cap. 14.
 
Cuando enemigos poderosos se unían para destruir la fe reformada y millares de espadas parecían desenvainarse para combatirla, Lutero escribió: "Satanás manifiesta su ira; conspiran pontífices impíos; y nos amenaza la guerra. Exhortad al pueblo a que luche con fervor ante el trono de Dios, en fe y ruegos, para que nuestros adversarios, vencidos por el Espíritu de Dios, se vean obligados a ser pacíficos. Nuestra más ingente necesidad, la primera cosa que debemos hacer, es orar; haced saber al pueblo que en esta hora él mismo se halla expuesto al filo de la espada y a la ira del diablo; haced que ore." - Ibid.
 
En otra ocasión, con fecha posterior, refiriéndose a la liga que trataban de organizar los príncipes reformados, Lutero declaró que la única arma que debería emplearse en esa causa era "la espada del Espíritu." Escribió al elector de Sajonia: "No podemos en conciencia aprobar la alianza propuesta. Preferiríamos morir diez veces antes que el Evangelio fuese causa de derramar una gota de sangre. Nuestra parte es ser como ovejas del matadero. La cruz de Cristo hay que llevarla. No tema su alteza. Más podemos nosotros con nuestras oraciones que todos nuestros enemigos con sus jactancias. Más que nada evitad que se manchen vuestras manos con la sangre de vuestros hermanos. Si el emperador exige que seamos llevados ante sus tribunales, estamos listos para comparecer. No podéis defender la fe: cada cual debe creer a costa suya."  - Id., cap. 1.
 
Del lugar secreto de oración fue de donde vino el poder que hizo estremecerse al mundo en los días de la gran Reforma. Allí, con santa calma, se mantenían firmes los siervos de Dios sobre la roca de Sus promesas. Durante la agitación de Augsburgo, Lutero "no dejó de dedicar tres horas al día a la oración; y este tiempo lo tomaba de las horas del día más propicias al estudio." En lo secreto de su vivienda se le oía derramar su alma ante Dios con palabras "de adoración, de temor y de esperanza, como si hablara con un amigo." "Sé que eres nuestro Padre y nuestro Dios - decía, - y que has de desbaratar a los que persiguen a tus hijos, porque tú también estás envuelto en el mismo peligro que nosotros. Todo este asunto es tuyo y si en él estamos también interesados nosotros es porque a ello nos constreñiste. Defiéndenos, pues, ¡oh Padre!" - Id., lib. 14 cap. 6.
 
A Melanchton que se hallaba agobiado bajo el peso de la ansiedad y del temor, le escribió: "¡Gracia y paz en Jesucristo! ¡En Cristo, digo, y no en el mundo! ¡Amén! Aborrezco de todo corazón esos cuidados exagerados que os consumen. Si la causa es injusta, abandonadla, y si es justa, ¿por qué hacer mentir la promesa de Aquel que nos manda dormir y descansar sin temor? . . . Jesucristo no faltará en la obra de justicia y de verdad. El vive, él reina, ¿qué, pues, temeremos? " - Ibid .
 
Dios oyó los clamores de sus hijos. Infundió gracia y valor a los príncipes y ministros para que sostuvieran la verdad contra las potestades de las tinieblas de este mundo. Dice el Señor: "¡He aquí que yo pongo en Sión la piedra principal del ángulo, escogida, preciosa; y aquel que creyere en ella no quedará avergonzado!" 1.Pedro 2:6. Los reformadores protestantes habían edificado sobre Cristo y las puertas del infierno no podían prevalecer contra ellos.
 
Justificación Por la Fe
 
"Y no entres en juicio con tu siervo; Porque no se justificará delante de ti ningún viviente." Salmos 143:2:
 
"Del trabajo de su alma verá y será saciado; con su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y él llevará las iniquidades de ellos." Isaías:53:11.
 
"Por cuanto todos pecaron, y están distituídos de la gloria de Dios; Siendo justificados gratuitamente por su gracia por la redención que es en Cristo Jesús;" Romanos 3:23-24
 
"Porque por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él; porque por la ley es el conocimiento del pecado." Romanos 3:20.
 
"Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él." 2.Corintios 5:21.
 
"Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad." 1.Juan 1:9
 
"Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo:" Romanos 5:1.
 
"Mas si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión entre nosotros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado." 1.Juan 1:7.
 
"Como el padre se compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que le temen." Ps.103:13.
 
"Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre." Isaias 32:17.
 
"Y por él reconciliar todas las cosas á sí, pacificando por la sangre de su cruz, así lo que está en la tierra como lo que está en los cielos." Colosenses 1:20.

Enterate de todas las últimas noticias desde donde estés, gratis.

Suscribite para recibir nuestro newsletter.

REGISTRATE

Dejá tu comentario