OCUPACIONES Y CONFLICTO SOCIAL

La Comunidad Desorganizada viene marchando

Las tomas de tierras en Ciudad de Buenos Aires, Quilmes y La Matanza (hasta ahora) no deberían ser hechos inesperados para las autoridades.

por ANTONIO ARCURI

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Especial para Urgente24). Podríamos decir que las usurpaciones son moneda corriente, especialmente en el Conurbano, frente a la inacción de las autoridades municipales y la desidia –por no decir anuencia- de los gobiernos provincial y nacional.

Lo que está sucediendo alcanza notoriedad por la cantidad de gente involucrada (en el Parque Indoamericano hay más de 13.000 personas)  y la evidente falta de pericia de las autoridades para controlar un problema sobre el que no pueden alegar ignorancia.

Como todo conflicto social, la crisis tiene varias aristas y múltiples causas. Parte de un origen legítimo, cual es la necesidad y el derecho a la vivienda de las familias, pero a partir de allí se le suman ingredientes menos “puros” como la presencia de punteros de todo pelaje que buscan medrar política o económicamente con las usurpaciones; los “vivillos” que hacen del cobro de subsidios y ayudas estatales un  modo de vida;  y la aparición de algunos inmigrantes que, como no tienen nada que perder, fuerzan hasta el límite la legislación argentina, como no lo harían en sus propios países.

Todo esto sumado a la aparición de violentos, delincuentes y por qué no alguna que otra mano de obra desocupada termina haciendo un cóctel explosivo en un momento del año donde la sensibilidad se pone a flor de piel por las Fiestas.

En el medio, el Gobierno nacional –como ya sucedió en otras crisis- se empeña en descargar responsabilidades y busca “culpables”, sin comprender que es su propia incapacidad para gestionar el Estado el origen de todos sus males.

El Gobierno ha hecho del incumplimiento de las normas la matriz de su gestión. El reparto discrecional de planes, subsidios y ayudas (no sólo a los sectores marginados, sino también a los empresarios, como por ejemplo a los del transporte) dejaron de ser herramientas excepcionales para constituirse en el núcleo central de su política social.

Sin embargo, el monumental reparto de recursos no disminuye los índices de pobreza, que rondan el 25 por ciento de la población y que tiende a agravarse por efecto de una inflación que el propio Gobierno se niega a reconocer.

En los distritos del Gran Buenos Aires la pauperización de los sectores medios y la pobreza es evidente. Desde todos los estamentos del Estado (municipio, provincia y nación), lejos de intentar revertir esta situación por incapacidad se permite todo, con lo cual no hay reglas y todo vale.

Así de la noche a la mañana se usurpan terrenos, aparecen casillas, y se forman núcleos habitacionales sin ningún tipo de servicios y con todas las carencias, generando situaciones de conflicto porque los vecinos –con lógica absoluta- ven que su barrio lejos de progresar retroceden.

Hace muchos años Juan Domingo Perón hablaba de la Comunidad Organizada como una meta hacia la que debíamos ir los argentinos, con una sociedad armónica donde cada uno pueda desarrollarse y donde los únicos privilegiados son los niños. 
Hoy vamos hacia una Comunidad Desorganizada, donde por ausencia del Estado vivimos presos de la falta de normas y donde los que ganan son los vivos y no los que trabajan y se esfuerzan.

Estamos a tiempo de revertir la decadencia si cada uno cumple con la letra de la Constitución y las obligaciones legales. Las leyes, lejos de lo que nos quieren hacer creer,  son las mejores armas que tiene la sociedad, sobre todo los más humildes, para evitar abusos y atropellos.

Necesitamos corregir el rumbo y comprender que los atajos y la politiquería electoralista lejos de aportar soluciones agravan los problemas. Es de esperar que los que tienen responsabilidades acepten el desafío de trabajar para las próximas generaciones, no para las próximas elecciones.

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