Vietnam, 30 años: Recuerdos de un Apocalipsis

El 30 de abril de 1975, un tanque norvietnamita penetró en la sede del palacio presidencial del régimen survietnamita en la ciudad de Saigón, poniendo fin a una guerra que duró casi 11 años (1964-1975). Meses antes se habían retirado las tropas estadounidenses. En 1976 se reunificó el país. La siguiente crónica -impresionante relato de un cronista de guerra español- cubre el período cuando los estadounidenses ya se retiraban y quedarían solos survietnamitas contra norvietnamitas, quienes entonces se impusieron con facilidad.

POR VICENTE TALÓN

Mientras que nuestro vehículo corre a toda velocidad por la carretera Nº13, el humo de los incendios todavía corona una parte del barrio de Bu-chi, en la aldea de Thoi-hoa.

Acaba de despuntar la mañana, y sólo hace un par de horas que los últimos guerrilleros vietcong se retiraron hacia la masa boscosa que puede verse al fondo, tras la amplia sábana de los arrozales, dejando sobre el terreno siete cadáveres propios y un montón de ruinas.

El comandante Nam, de la 3a División del Ejército survietnamita, nos dice señalando los restos de la aldea:

-Éste ha sido un golpe de mano característico de los que se suceden desde que fue proclamado el alto el fuego. El enemigo trata de apoderarse por sorpresa de algunos puntos estratégicos para izar sobre ellos su bandera. Si lo consigue la comisión internacional les acordará áreas de soberanía todavía más amplias, y a nosotros nos colocarán en posiciones aún más difíciles. No obstante, estamos dispuestos a responder con la máxima energía a todos los ataques, y así ha sucedido esta noche en Bu-chi. Los comunistas no se salieron con la suya, y la carretera Nº13, que ellos querían cortar en este punto, sigue en nuestro poder.

La refriega nocturna, a juzgar por las trazas, debió de ser encarnizada. Puede decirse que de Bu-chi no ha quedado piedra sobre piedra.

Todos los árboles están segados por la metralla, la casi totalidad de las casas se han derrumbado y sólo unos almacenes mantienen en pie su esqueleto metálico.

De los 600 habitantes del barrio, únicamente permanecen en él los ancianos, las mujeres y los niños, empleados en las tareas de remover los escombros y tratar de recuperar los enseres menos dañados.

En cuanto a los hombres, miembros de las milicias la mayor parte de ellos, han ido a reforzar las patrullas del Ejército regular.

-La población civil no ha sufrido bajas. Cada choza, como usted puede comprobar, cuenta en su suelo con una estrecha y profunda trinchera en forma de ángulo, y en ella se apiñan las familias, sabedoras de que, a menos que una granada o proyectil les caiga directamente en la cabeza, nada habrá de ocurrirles. Incidentes como el de Bu-chi se repiten por docenas -y a veces por centenares- todos los días.

De acuerdo con la increíble reglamentación de paz concluida en París -que estipula que los lugares con bandera de vietcong serán del vietcong-, el Vietnam del Sur quedará convertido en una especie de piel de leopardo cuyas manchas serán de soberanía vietcong y el fondo, de autoridad gubernamental.

Esas manchas, que según fuentes norteamericanas abarcan más de la mitad de la superficie territorial, se encuentran un poco por doquier y sitian, cortan o drenan los accesos a las ciudades y regiones más importantes poseídas por las fuerzas de Saigón.

Por el momento, todavía no ha sido trazado el mapa definitivo que sitúe los limites de las respectivas zonas de influencia y, en espera de que llegue la comisión internacional encargada de levantar acta, no queda otro recurso que el de alzar banderas sobre casas, puentes, picos montañosos y, por supuesto, sobre las copas de los más altos árboles.

Hasta que esa comisión salga de su sopor inicial y resulte efectiva habrán de pasar algunos días, y ese margen de tiempo tratan de ganarlo, ambos contendientes, para rectificar, a su favor, las líneas del alto el fuego.

La ‘guerra de banderas’ ha causado ya varios centenares de muertos, pero no ha tenido consecuencias notables. Más o menos, la situación continúa siendo la misma que imperaba al cesar, de manera oficial, las hostilidades -nos dice en Saigón el coronel Hey, portavoz oficial del Ejército-.

El despliegue de banderas, hecho nunca visto en guerra alguna anterior, resulta pasmoso. Hemos contemplado centenares de millares de ellas por todos los lugares. La mayor parte de tela, pero también muchas pintadas sobre los tejados, las carrocerías de los vehículos e incluso sobre los cascos de acero de los soldados.

Para quienes hemos conocido el Vietnam en otras épocas, la presión bélica ha bajado extraordinariamente. Sin embargo, de aquí a hablar de paz va mucho trecho.

A lo largo de nuestras dos semanas en el torturado país del Sudeste asiático, el fotógrafo Enrique Verdugo y yo hemos visto muerte y destrucción, incendios, bombardeos de la aviación y de la artillería, masas de refugiados, heridos... Incluso varias de nuestras noches de Saigón fueron amenizadas por el retumbar de la artillería, y en Da Nang, donde la situación era de absoluta normalidad, asistimos al despegue de aviones ligeros de bombardeo que marchaban para regresar, tan sólo 20 minutos más tarde, con su panoplia de proyectiles vacía.

De todas formas, al paso de los días ha ido disminuyendo de manera sensible la amplitud y virulencia de los combates. Ya no puede decirse que se estén librando batallas, sino tan sólo escaramuzas, a las que por regla general les sirve de manto la noche. Esto ha hecho que algunos de los más veteranos informadores se hayan decidido a hacer la maleta y a tomarse unas vacaciones en Europa.

Sí, todo lo bueno se acaba. Incluso la guerra, comenta con un guiño malicioso Corrado Pizzinelli, enviado especial de una cadena de periódicos italiana y hombre con más de 20 años de experiencia vietnamita a sus espaldas.

Sin embargo, estos avisados observadores se van con el ánimo de regresar a plazo fijo. Para ellos no cabe la menor duda de que tras la marcha del último norteamericano y el inevitable fiasco que le espera a la comisión internacional de control, los tambores de Marte retumbarán una vez más con espantosos sones. Y entonces...

La podrida retaguardia

Los últimos combates fuertes han tenido lugar en Cuang Tri, y nosotros estamos ahora ante los muertos de Cuang Tri, alineados todos ellos, cada uno dentro de su ataúd, bajo un cobertizo del cementerio de Bien Hoa.

Los ataúdes aparecen cubiertos con la bandera rojigualda del Vietnam del Sur y, sobre ellos, hay condecoraciones, galones y fotografías. Toda el ala derecha la ocupan los budistas, y al otro extremo, agrupados, están los católicos.

A los primeros los orna la imagen de Buda, relampaguea allí la cruz gamada y suben al cielo las volutas que manan de los pequeños bastoncillos de incienso. Sobre los segundos se yergue un alto crucifijo y arden, entre chisporroteos, las velas.

El aire es terriblemente nauseabundo, casi insufrible. Por lo que me dicen, a los muertos se les mantiene insepultos hasta que sus deudos no vienen a presidir la ceremonia, y en ocasiones, en un país como éste, pueden pasar dos o tres semanas antes de que los familiares sean localizados.

Los letreros prohibiendo tomar fotografías son visibles por doquier y nos encontramos discutiendo con miembros de la Quan Canh, la Policía Militar, cuando un viejo sacerdote, vestido con una raída sotana, pasa a nuestro lado. Le abordo como una tabla de salvación y resulta ser, para nuestra fortuna, el capellán militar del cementerio. Precisamente en ese momento se dirige a oficiar los funerales de un joven teniente católico y no me cuesta gran trabajo convencerle para que nos deje seguir de cerca la ceremonia.

El ataúd del teniente con las hombreras de su grado bien visibles, se halla frente a un pequeño altar, en el que comienza la misa. La lengua y el canto son vietnamitas. Algunos de los soldados que descansaban al pie de los árboles se han acercado y varios civiles también. Se trata, indudablemente, de católicos. El teniente se llamaba Hoang Minh Bach, pertenecía a la Infantería de Marina y tenia 22 años. Sus padres, con un pañuelo blanco cruzándoles la frente en señal de duelo, están en primer término. Al lado de ellos ocupa un lugar principal la novia, igualmente tocada con un pañuelo. Hay también un hermano menor del difunto, al que después le tocará llevar sobre un cojín de seda las condecoraciones que éste se ganase combatiendo.

Concluida la misa, en la que se reparte la comunión, la comitiva inicia su marcha entre dos alas de tumbas. Hay millares de ellas y las fechas más antiguas, al menos en este sector, se remontan a 1970. En todas las lápidas sonríe un rostro joven, que emerge de una guerrera militar.

Lugares famosos por las batallas que en ellos se libraron figuran junto a aldeas desconocidas como punto final de estas vidas brutalmente truncadas.

Me llama la atención el gran número de cruces que aparecen junto a las esvásticas budistas, puesto que sólo uno de cada 13 sudvietnamitas sigue una religión cristiana.

Sin embargo, ya nos lo habían advertido cuando recorrimos el Delta; buena parte de los católicos survietnamitas proceden del Norte, de donde huyeron tras el establecimiento del comunismo y desde entonces han sido irreconciliables enemigos de esta ideología.

La línea de fosas abiertas, en espera de nuevos ocupantes, sirve de marco final a la ceremonia. Cuando van a descender el ataúd, mientras suena quejumbrosa la corneta y presenta armas el piquete de honores, la impasibilidad oriental de los deudos, difícilmente mantenida hasta entonces, se desploma.

La novia rompe a gritar y trata de abrazarse al féretro. A duras penas los Quan Canh consiguen sujetarla, y mientras sus sollozos, unidos a los de otras personas, rompen el aire, yo huyo a toda velocidad de ese escenario dramático, dejándole a Enrique Verdugo y a su curtida impasibilidad la tarea de levantar acta de cuanto ocurre.

Minutos más tarde, en el interior de nuestro automóvil, con las ventanillas cerradas pese al plomizo calor, pienso en la salvaje sangría vietnamita, en su monstruosidad, en esos tres millones de existencias hasta ahora rotas, y me duele por todos estos jóvenes que me rodean y también por los otros, por los que cayeron en la parte de enfrente tan sólo porque les educaron de distinta manera y les incluyeron en otra esfera de intereses.

En el Vietnam todos los días se muere bajo la metralla y se llora. Todos los días hay quien ofrenda algo tremendo en aras de una ideología en la que crece o de una causa que le ha sido impuesta.

El Ejército survietnamita, seria injusto dejar de reconocerlo, es de los que luchan y se dejan la piel en la batalla, y, sin embargo, a sus espaldas la corrupción florece y su esfuerzo se prostituye.

La disciplinada y severa retaguardia del Vietnam del Norte, con sus ciudadanos soldados, con su moral de lucha fielmente comprendida, con sus inquebrantable espíritu de resistencia a las más duras pruebas, en el Sur no se da.

Saigón, sin ir más lejos, es orégano para los estafadores, los agentes de bolsa negra, las prostitutas, los maricas y los ladrones. Siempre fue, en parte, así; pero a raíz del alto el fuego y de la retirada en masa de los estadounidenses, todas las clavijas parecen haberse aflojado, por lo que la capital survietnamita es, hoy por hoy, un enclave mucho más peligroso que el propio frente de batalla.

Esta verdad nosotros la comprobamos apenas una hora después de llegar. Era mediodía del domingo y cruzábamos una calle, muy cerca de la antigua catedral levantada por los franceses, cuando dos jóvenes que viajaban a bordo de una motocicleta trataron de quitarle a Enrique Verdugo, por el acreditado sistema del tirón, la bolsa en la que llevaba sus cámaras fotográficas.

Le arrastraron varios metros por el suelo de espaldas, mientras que le golpeaban brutalmente con sus botas militares, y aunque se lastimó seriamente el antebrazo, que hubo de serle vendado, no soltó la presa. Los dos cowboys de ciudad, como les llaman los norteamericanos a estos sujetos, acabaron por desaparecer velozmente.

Para observar cómodamente y sin demasiados problemas la podredumbre de Saigón, nada mejor que instalarse en el café-terrasse del hotel Continental; el mismo viejo y destartalado edificio en el que Graham Green escribió ‘El Americano Tranquilo’; novela más tarde llevada con éxito al cine.

En esta terrasse, en cuyo techo giran enormes ventiladores de cuatro palas, hay todo el día decenas de ‘entraineuses’, las mayores de las cuales no llegan a los 18 años de edad, no habiendo cumplido ni los 13 las más jovencitas. También esperan su particular clientela efebos de talle endeble y aires femeniles.

Y esto sin contar con los mendigos, que piden en inglés; los limpiabotas, que también saben hacer su propaganda en esta lengua; los tristes mutilados de guerra, que venden revistas para malvivir; los escrutadores del misterio oculto en las rayas de la mano que, entre profecía y profecía, prometen buen cambio de dólares, etc.

Oigo decir: -Aquí se ha llegado a tales extremos que es incluso legal conseguir certificados de ‘cohabitación’ con una muchacha por un periodo de tiempo determinado. Se trata de una especie de matrimonio a plazo fijo que le asegura a usted contra cualquier tipo de problema, especialmente si la chica es menor de edad.

Un cierto sabor amargo

En la inmensa sala de espera del aeropuerto de Tan Son Nhut, no lejos de Saigón, un centenar largo de norteamericanos se apresta a pasar las formalidades de la aduana.

Casi todos son militares, aunque no faltan algunos civiles, miembros, por supuesto, de la Administración. También hay varias mujeres vietnamitas que se casaron con los súbditos del ‘Tío Sam’ y que ahora, enfundadas unas en sus típicos ‘ao dai’ y vestidas otras a la europea, se disponen a descubrir un mundo para ellas inimaginable.

-En todas las guerras nuestros soldados se casaron con el elemento nativo: alemanas, japonesas, coreanas, y ahora, por supuesto, vietnamitas. La mujer asiática es dulce, suave y respeta a su marido como si fuese un auténtico señor feudal. El contraste, respecto a las americanas, no deja de ser sugerente, y muchos no supieron evitar la tentación. De todas maneras, estos matrimonios son, en principio, desaconsejados -nos dice el teniente coronel Johnson, de las fuerzas aerotransportadas.

El control aduanero, contra lo que pudiera pensarse, es rigurosísimo. Las maletas y bultos de mano son revisados con máximo cuidado. También los pasajeros son objeto, en cámara cerrada, de un cacheo a fondo.

-Tratamos de impedir que se lleven armas, fotografías prohibidas o equipos pertenecientes al Estado, pero, sobre todo, buscamos estupefacientes. Todos los equipajes, además de la inspección de rigor, pasan después bajo las sensibles narices de un perro especialmente adiestrado para descubrir la droga mejor oculta. También es obligatorio, para los menores de 29 años, someter su orina a un análisis para ver si son afectos a las drogas. Alrededor de un 2% de los análisis ofrecen, por desgracia, resultados positivos.

Cerca de cuatro horas duran los trámites, y por fin, al filo del mediodía, acompañamos a los miembros de la expedición hasta el avión que la devolverá a los Estados Unidos. Los soldados, algunos de los cuales lucen las cintas de sus condecoraciones, descienden en silencio de los autobuses y van entrando lentamente en el aparato; un DC-8 de una compañía privada de vuelos charter. Su despedida es anodina, triste, sin vibraciones. Nadie ha venido a decirle adiós. No hay flamear de banderas, ni sones marciales. Se marchan como a escondidas, dejando tras de sí el recuerdo de sus compañeros muertos, de sus tremendos sufrimientos, de sus miedos y esperanzas. Han salvado la piel, y con ello les basta. Es lo más que podían esperar de una guerra como ésta.

En Da Nang, a casi tres horas de vuelo en DC-3 de Tan Son Nhut, vemos otro de los aspectos de la retirada norteamericana.

Yo visité esta ciudad hace seis años, cuando era una base gigantesca, desde la que despegaban continuamente aviones de combate y en donde habían encontrado acomodo, entre otras unidades de élite, la famosísima Primera División de Caballería Aerotransportada.

De aquel viejo Da Nang, que el general Vo Nguyen-Giap quiso convertir en el Dien Bien Phu de los norteamericanos, ahora no queda ni el recuerdo. Los soldados del ‘Tío Sam’ han desaparecido como por ensalmo, y los pocos que quedan pasan al volante de gigantescos camiones, en los que se llevan, hacia el puerto, todo el material evacuable.

Incluso Camp Horn, la imponente Comandancia General, provista de sólidos refugios y trincheras, auténtico hormiguero humano en otros tiempos, ofrece un rostro muerto. Los barracones están cerrados; la biblioteca, dispuesta para ser retirada en bloque, y en el selectísimo comedor reservado a los jefes con graduación superior a la de teniente coronel, un rubicundo cocinero nos asegura que ahora quedan ya tan pocos oficiales, que hasta los tenientes más novatos son admitidos allí.

La base aérea, que fuera la más gigantesca y activa del Sudeste asiático, muestra un aspecto todavía más desolador que Camp Horn. En los hangares no queda ni un tornillo, y los cientos de barricadas de protección en forma de herradura, tras cada una de las cuales repostaban helicópteros y aviones de combate, aparecen desiertas. Los Estados Unidos se fueron definitivamente, con su abrumadora superioridad técnica, con sus medios terribles y con sus hombres bien alimentados, la mayor parte de los cuales nunca acabaron de comprender porqué debían arriesgarse a cerrar el libro de sus vidas con una palabra tan extraña como Vietnam en la última página.

-Hemos enterrado en este país 135 billones de dólares (N. de la R.: US$ 135.000 millones). ¿Y qué dejamos a nuestras espaldas? Prácticamente, nada: una tierra regada por infinidad de pedazos de metralla, unos barracones que se desmoronarán bien pronto y una situación política interior que nada tiene que envidiar a aquella con la que nos encontramos al llegar -nos dice con claro sentido critico uno de nuestros interlocutores norteamericanos de Da Nang.

Luego, ejerciendo de amable cicerone, nos conduce hasta una explanada, situada muy cerca de las famosas montañas de Mármol, escenario en otros tiempos de feroces combates, y nos muestra el espectáculo increíble que forman millares de toneladas de desechos pertenecientes a las Fuerzas Armadas norteamericanas. Vehículos de todos los tipos, cocinas de campaña, averiados contenedores, restos de barracones prefabricados, ruedas y cadenas de orugas, objetos mecánicos del más variado origen, armarios...; todo se amontona como en un delirio sin nombre.

Atraídos por estos detritus de millonario, entramos en el recinto y solicitamos del oficial del US Army que manda la instalación su permiso para tomar unas cuantas fotografías. Ante nuestra sorpresa, el hombre se niega en redondo.

-No -repite una y otra vez-; tengo órdenes concretas. Luego, cuando le pregunto la razón de esas órdenes, que yo no acabo de entender, se pasa la fuerte mano por la frente perlada de sudor y comenta: Me imagino que el Gobierno no quiere que los contribuyentes vean en qué ha ido a parar su dinero.

Hablar con los norteamericanos que todavía quedan en Vietnam es como coleccionar un manojo de frustraciones, de reproches y de amarguras. Recuerdo a un joven puertorriqueño, que decía: -Mi padre, que hizo la otra guerra, la del Pacífico, se enorgullece de mi y de mis condecoraciones. No podía comprender, la última vez que estuve en Riopiedras, de permiso, que yo no quisiera lucirlas.

A otro militar, éste profesional y convencido de que se hizo bien en acudir en socorro del Vietnam del Sur, le escuchamos: -Hemos combatido en una guerra que la nación no sostenía. Hemos dejado nuestra piel en los arrozales, y mientras que los de enfrente trataban de abrasarnos con su metralla, nuestros propios amigos nos escribían desde la patria: ‘Estáis haciendo una cochinada’. Era algo desmoralizador.

A más alto nivel, y aunque resulta difícil encontrar personas dispuestas a reconocerlo, no faltan quienes admiten que la experiencia del Vietnam ha resultado, en su conjunto, un fracaso.

El Gobierno de Washington creyó que una escalada en la guerra llevaría a la victoria. Los ‘halcones’ de la estrategia pentagónica pidieron un esfuerzo cada vez mayor, como condición sine qua non para llegar a una feliz conclusión del conflicto, pero los resultados nunca acompañaron a los pronósticos.

Hubo que descartar, primero, la quimera del knock-out auspiciada por el general Westmoreland y luego, la victoria a medias, para quedar, al fin, en unas tablas, las de París, que reconocen como legal la existencia de las tropas comunistas al Sur del paralelo 17 y que lo han preparado todo para una nueva fase bélica que supondrá, tal vez, la liquidación pura y simple del Vietnam del Sur como entidad política soberana.

El sabor del Vietnam, sin embargo, no ha sido amargo en todos los paladares, y la prueba es que ahora están regresando, con empleos de asesores técnicos numerosos norteamericanos que cumplieron su servicio militar en el país. No todos ellos, por supuesto, estuvieron en unidades combatientes y ahora vuelven atraídos, en primer lugar, por una buena paga, y después, por un pueblo que, pose a los horrores de la guerra, no dejó de sugestionarles vivamente.

Las armas y la moral

La guerra a lo grande tal como pudo contemplarse a lo largo de tres décadas, ha desaparecido por completo del Vietnam. Se acabaron las batallas, las operaciones de gran estilo, los combates sostenidos a lo largo de días enteros, las pugnas feroces por el control de una cota, de una aldea o de un cruce de carreteras.

En Pleiku, nombre citado mil veces en los partes bélicos, el comandante Phin, encargado de lo que llaman Departamento de Guerra Política, me dice: -La contienda ha cambiado de signo: de las batallas se ha pasado a las escaramuzas. Estas tienen lugar un poco por doquier, siempre de manera inopinada y, generalmente, de noche. Sólo por un mero milagro, por una circunstancia particularmente afortunada, podrían encontrarse ustedes en posición de fotografiar un choque armado.

En busca de esa circunstancia afortunada, Enrique Verdugo y yo hemos hecho cientos de kilómetros en avión, en helicóptero y en jeep. Hemos oído retumbar el cañón en muchas ocasiones; en las cercanías de My Tho vimos caer unos cohetes del Vietcong, que prendieron rápidamente en un grupo de cabañas sobre las que ondeaba el pabellón sudvietnamita, y volando sobre las mesetas centrales en un destartalado DC-3 de Air America seguimos, como en un maravilloso espectáculo de cinemascope, el bombardeo con napalm de un sector de apretada selva.

Pero eso fue todo.

-A los periodistas de su especialidad las cosas se les auguran difíciles. Aquí va a imponerse la paz, y lo mismo ocurrirá, dentro de bien poco, en el Oriente Medio. Será mejor que vayan buscándose una temática nueva, porque el mundo se acerca a una era de concordia desconocida hasta la fecha -me dijo con convencido entusiasmo el coronel Baumgart, miembro de la delegación canadiense en la Comisión Mixta Cuatripartita.

Antes de que una tal ‘era de concordia’ se instale en el Sudeste asiático, el Ejército sudvietnamita va a tener que batirse en un último, supremo y aciago choque.

Y para esa prueba, a mi modo de ver, se encuentra mal dotado, a causa de una serie de vicios que hasta la fecha no ha sido capaz de superar.

Por lo pronto, los soldados de Saigón han asimilado la forma de guerrear de los norteamericanos y no conciben el encauzar la lucha sobre la misma pauta -simple, esforzada y ruda- aplicada con enorme éxito por sus rivales comunistas.

Quieren viajar hasta la primera línea sobre ruedas y, a ser posible, entre paredes blindadas; solicitan fuerte preparación artillera o de aviación antes de efectuar un asalto.

En los servicios de retaguardia les he visto utilizar el helicóptero con la misma liberalidad que si fueran millonarios texanos, y no les importa echar mano de un camión de seis ejes para trasladar unas cajas que cabrían perfectamente en el interior de un jeep. Todo esto, por supuesto, revela unos condicionamientos mentales que se traducen en muy pobres resultados sobre el batidor del frente.

La abundancia de medios materiales, que va desde esa maravilla que es el fusil automático M-16 a la ametralladora ligera M-60 y el lanzagranadas M-79, por no mencionar más que el armamento personal, se quiebra, sin embargo, para el soldado sudvietnamita a la hora de recibir la paga.

Ésta es muy pobre, y la comida, escasa, alcanzando tan sólo los 750 gramos por barba y día.

La mayor parte de ellos van al frente con sus mujeres e hijos (en 1970 vi que los camboyanos hacían lo mismo), y cuando mueren, las familias reciben a título de compensación un año de sueldo..., y se acabó.

En cuanto a los que quedan lisiados, y los hay por decenas de millares, perciben una pensión tan ridícula que fuerza a ejercer la mendicidad para subsistir.

Nosotros, en Da Nang, donde existe una escuela de rehabilitación para mutilados de guerra, asistimos a espectáculos escalofriantes de seres a los que difícilmente se les podría dar el título de humanos. Había uno con un solo brazo y un resto de pierna, que se arrastraba, sobre un madero provisto de ruedas, como una araña. ¡Y a eso le llamaban rehabilitación!

Otro problema importante es el mando.

La corrupción no ha podido ser erradicada en el Vietnam del Sur, y amén de a la Administración alcanza también al Ejército. Todo el mundo conoce casos de generales envueltos en tráficos fraudulentos con camiones militares, promociones por nepotismo, incapaces sostenidos en altos puestos después de clamorosos fracasos, etc.

En 1969 fue famoso el caso de los generales Vinh Loc y Dang Van Quang, destituidos bajo presión norteamericana por corrupción. Algún tiempo más tarde, sin embargo, el primero reaparecía como jefe de Instrucción del Ejército, y el segundo como asistente personal y consejero del presidente de la República, Thiu...

-A la disciplina y a la resolución moral de los comunistas sólo se les puede vencer oponiéndoles otras virtudes del mismo signo, sólo que más fuertes. Nuestra retirada significa, en pocas palabras, que o los survietnamitas aprenden pronto dónde le aprieta el zapato o se quedarán sin zapato, sin pie y hasta sin cabeza. Ellos son ahora los dueños de su futuro. Nosotros ya no entramos, apenas para nada en este juego- me explicó un funcionario civil americano con el que viajamos en un vuelo al Annam.

Hablar de esta forma, sin embargo, es demasiado simplista. Los estadounidenses cometieron el error de tomar sobre sí, con afanes carismáticos, unas responsabilidades que después no dieron el resultado apetecido.

Además, creyeron que lo importante era proporcionarles recursos bélicos a sus aliados nativos, cuando de lo que debían de haberse preocupado, con carácter prioritario, era de su entrenamiento, de su moral, de su táctica y de su mando.

Ahora, como consecuencia de tal política, los survietnamitas se encuentran armados hasta los dientes, pero no tienen en su poder ni un solo argumento decisivo de victoria. Por ello, pese a sus completas alas de transporte, a su diversificada aviación de bombardeo, a sus considerables fuerzas blindadas y a sus divisiones de infantería perfectamente dotadas, todavía no constituyen una valla imbatible para esos humildes hombres del pijama negro, las sandalias de suela de cubierta, el fusil y el puñado de arroz cotidiano, que, sin coberturas aéreas ni grandes apoyos logísticos, han mantenido el tipo a lo largo de 30 años de lucha.

-Qué quieres- me decía un colega asentado desde hace ya ocho años en Saigón-. A menos que Hanoi y el Vietcong, presionados por Pekín y Moscú, se abstengan de pasar a la ofensiva, el Vietnam del Sur se encuentra irremediablemente perdido. Bastaría un empujón para que todo se hundiese, porque los soldados survietnamitas no ignoran que, por sí solos, no están en condiciones de parar a los comunistas. Pero quién sabe. Tal vez los hilos de toda esta complicada historia se ataron muy bien antes en los viajes de Nixon a China y a la Unión Soviética. Esa sería la única esperanza...

Como sabemos hoy esa esperanza no se materializó. Aunque intentando salvar la cara, los Estados Unidos habían sido derrotados en toda regla, sin paliativos, con rotundidad. Y se quedarían, con la nariz ensangrentada y el labio roto, durante largos años, lamiéndose sus heridas.

El delta del Mekong

La carretera Nº4 nos lleva desde Saigón hacia el Sur; hacia el Delta. Esta extensión inacabable de arrozales, plana como la mano, surcada por centenares de ríos y canales, es el motor mismo del Vietnam del Sur.

De aquí sale casi todo el arroz y el pescado que consume el país, y ésta es también la región más densamente poblada. En el Delta, que a nosotros nos ofrece un rostro casi bucólico, se han hundido uno tras otro dos grandes Ejércitos. Primero fueron los franceses quienes fracasaron lastimosamente en su empeño por controlarlo y erradicar de él a los comunistas. Luego les tocó el turno a los militares de Washington.

El Delta, con sus inacabables matices del verde, con su aire emponzoñado por la malaria, con sus agrupaciones humanas imposibles de disciplinar, quebró las esperanzas de los unos y de los otros para volver a ser hoy lo que fuera hace 20 años, al poco de los acuerdos de Ginebra: un lugar donde los vietnamitas se enfrentan, sin intermediarios, entre sí.

Mientras que viajamos despreocupadamente hacia Cai Lay, a bordo de un taxi tripulado por un ‘chófer’ que aprendió su francés en la Armée, el paisaje nos resulta extraño. La gente trabaja en el campo como sí tal cosa; los enormes cebúes, de piel negra y gruesa cornamenta, se revuelcan en el cieno, y en los bordes de la carretera hay mujeres que ofrecen productos agrícolas a los que pasan. Sin embargo, contrastando con tanta normalidad, menudean los fortines.

La mayor parte de ellos constan de una torreta central, a la que rodea una especie de patio de armas, cerrado, a su vez, por una muralla de un par de metros de altura. Todo el conjunto se encuentra protegido por infinidad de barreras de alambre espinoso, que generalmente penetran en los campos aledaños y cortan, inclusive, los cursos de agua.

Llegamos a Cai Lay bajo un sol de fuego. El pueblo, con más de 10.000 habitantes, ha sufrido en la noche última un ataque con cohetes que no causó bajas, y mientras que descendemos ante la Comandancia Militar, fuertemente protegida, escuchamos el sordo retumbar de la artillería a lo lejos.

Provistos de nuestra documentación oficial en regla, pedimos ver al teniente coronel que manda la región. Queremos solicitar su permiso para ir hasta las aldeas de Than Hoa, Com Son y Long Khan, situadas en las inmediaciones, y en donde, como nos consta, enarbola su bandera el Vietcong. Esta pretensión no tiene nada de inaudita; responde a un visto bueno que el día anterior nos fuera solemnemente otorgado, por las autoridades de Saigón, a los representantes de la prensa extranjera.

Mientras que un joven oficial parte con el recado, procuramos buscar alivio contra el fuerte sol, amparándonos en la escasa sombra que ofrece un parapeto de sacos terreros. Allí estamos ya más de media hora cuando un sargento aparece para decirnos que, de momento, el teniente coronel no nos puede recibir, ya que está en una conferencia, pero que nos ordena que nos retiremos de los sacos terreros.

A pleno sol, en mitad de la plaza, transcurre otra media hora larga antes de que se nos aproxime otro militar, que nos exige abandonar el perímetro exterior de la Comandancia y nos sugiere que paseemos por el pueblo hasta que su jefe pueda recibirnos.

-El Gobierno, en Saigón, podrá decir lo que quiera y dar las autorizaciones que estime oportunas; pero aquí, en los sectores de operaciones, son los comandantes militares los que dictan su ley, y no están dispuestos a permitir que nadie atestigüe la existencia de 'áreas liberadas' comunistas-, comenta nuestro hombre. ¡ Y luego se extrañaban, valga la redundancia, de tener tan mala prensa... en la prensa.

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Diario Pueblo, Madrid, España, 1975.